Escenario-2: El mundo-mercado—cambiar las cosas para cambiar las personas hacia una mayor competitividad económica y tecnológica
“El resultado del proceso de globalización financiera podría consistir en que hubiéramos creado un autómata [el mercado] y lo hubiéramos ubicado en el…centro de nuestra economía, [condicionando] nuestras vidas. La pesadilla…de que las máquinas lleguen a [controlar] nuestro mundo parece a punto de hacerse realidad…no en la forma de robots que nos dejan sin empleo o de ordenadores que controlan nuestra vida, sino como un sistema de transacciones financieras basado en la electrónica” (Manuel Castells, Information Technology and Global Capitalism, en Castells 2000:77
La modernidad/colonialidad europea estableció el Estado-nación como el Leviatán del orden social, de acuerdo con la propuesta de Hobbes. Con la creación de la Guerra Fría, la ideología del Estado prevaleció sobre otras ideologías, incluso sobre la religión, ciencia y mercado. Este fue el contexto histórico donde prevaleció la razón de Estado. Sin embargo, la crisis económica a finales de los años 70 fue (re)interpretada como un indicador de una crisis peligrosa para el sistema capitalista: la crisis del régimen de acumulación de capital del industrialismo. Su contribución al sistema capitalista había alcanzado su techo máximo.
Oportunamente, los ideólogos del capitalismo anunciaron el “fin de la historia”, a partir de la queda del Muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética en 1991 y el correspondiente derrumbe del bloque socialista del Este europeo. Los Estados Unidos y sus aliados, bajo presión de sus corporaciones transnacionales, establecier on una estrategia planetaria para reemplazar la ideología del Estado por la ideología del mercado (Ramonet 1998), y así empezar una revolución económica para crear otro régimen de acumulación de capital. De ahí ha emergido la metáfora del mercado para traducir la realidad como ella ‘realmente’ es. La razón de mercado prevalece sobre la razón de Estado, la razón social, la razón ecológica, la razón cultural, etc.
A partir de la metáfora del ‘mercado’, surge un ‘régimen de verdades’ sobre qué es y cómo funciona la realidad. Dicho régimen de verdades se cristaliza en una visión mercadológica de mundo (Anexo-1) donde el comercio es la medida del “desarrollo” de las naciones (Capra 2003). Esta revolución económica es marcada por el evolucionismo; el concepto de ‘competitividad’ es una innovación semántica para disfrazar el significado de la antigua ‘competencia’, que responde a la premisa de que la existencia es una lucha por la sobrevivencia a través de la competencia. El reemplazo de la Teoría de la Economía del Desarrollo por la Teoría de la Economía Institucional, y el aporte de la Teoría de la Complejidad y la informática, están creando el paradigma neoevolucionista (Anexo-2).
Su consecuencia es la creación de otra ‘praxis’ en la ‘innovación para el desarrollo’, una teoría de acción estratégica que responde al ‘neo-evolucionismo’ dominante en el mundo-mercado, que es un ‘mundo-organismo’. Este ‘organismo’ es un ‘sistema no-lineal’, caórdico (caos + orden), auto-organizado y auto-regulado, conocible, describible, controlable, manejable y predecible, porque sigue las ‘leyes’ naturales de la complejidad. Los modelos para el cambio institucional actúan bajo la herencia positivista del ‘modo clásico’ de innovación; sus metáforas, premisas y promesas neo-evolucionistas condicionan la percepción, decisiones y acciones de líderes, gerentes, estrategas, donantes y facilitadores de los procesos de cambio institucional.
En este escenario, la filosofía de innovación para la transformación institucional es la de cambiar las cosas para cambiar las personas. En el mercado no hay gente; ya no se habla de sociedades sino apenas de economías. Las ciudadanas y ciudadanos han sido eclipsados para que prevalezcan sus roles económicos: productor, procesador, vendedor, consumidor, cliente, etc. Los cambios se concentran en las reglas políticas, roles epistemológicos y arreglos institucionales asociados a la dinámica del mercado y la racionalidad de sus ‘leyes’ naturales, la oferta y la demanda. Aún cuando la participación es promovida no es para transformar el ‘régimen de verdades’ de las personas con su comprensión sino con inducción o imposición. Otra vez, las personas son bombardeadas con ‘listas’ de lo que se debe o no hacer, decir, etc., y ciertos sistemas de incentivos financieros institucionalizan las nuevas ‘verdades’ a ser cultivadas.
Semejante al caso del escenario ‘mundo-máquina’, el escenario ‘mundo-mercado’ privilegia el cambio de las ‘cosas’: estructura, roles, arreglos y procesos correspondiendo a la ‘dimensión — dura — organizacional’ sin transformar de forma relevante la ‘dimen sión — blanda — institucional’ que influencia la forma de ser, sentir, pensar, hacer y hablar de una comunidad de actores. También aquí es común la ‘adquisición’ de computadoras, ‘implantación’ de redes electrónicas, ‘reingeniería’ de procesos y la ‘capacitación’ de los empleados para ‘absorber’ las nuevas tecnologías, sus códigos y las reglas, roles y arreglos relevantes. La novedad está en la intrusión de la ‘ideología de mercado’ para expurgar ciertos compromiso con lo humano, lo público, lo social, lo ec ológico, lo cultural y lo ético, que figuran en el ‘discurso público’ por conveniencia El lucro y la acumulación, que son medios, pasan a ser los fines relevantes. Por ‘miedo’ al desempleo, muchas personas ‘memorizan’, ‘imitan’, ‘emulan’, ‘fingen’ los valores, hábitos y nuevos procedimientos y comportamientos, pero raramente lo hacen por convicción. Como en el caso del primer escenario, los cambios resultan en un nuevo ‘documento’ pero raramente en un nuevo ‘comportamiento’.
En este escenario individualista y egoísta, el mercado está en el comando de la innovación para la transformación institucional. Los modelos para el cambio se presentan como universales, funcionan de forma mecánica y asumen neutralidad cuanto a sus consecuencias. Dichos modelos varían con las preferencias de los ‘clientes’, que son homogeneizadas con la publicidad que dirige sus ‘preferencias’ hacia las opciones ofertadas. La sabiduría estará fuera y no dentro de las organizaciones; el ‘conocimiento especializado’ sobre el mercado, demandas y clientes es el dominio de los expertos. El cambio enfatiza la competitividad, y su dinámica busca ‘domesticar’ ciertos comportamientos favorables a su racionalidad económica. Por razón de mercado, la concepción y decisiones estratégicas ocurren sin la participación de la mayoría, que es libre apenas para ser creativa apenas en su ‘territorio’ particular. Los fracasos internos y externos resultan de la falta de competitividad; las sociedades e instituciones competitivas son sostenibles.
El mundo es de los más competitivos. Los ‘excluidos’ — pobres, hambrientos, desempleados — son los no - competitivos.
Asumiendo a las personas como ‘capital’, humano, social o intelectual, practicando la ‘gerencia de la competencia’ con ‘gerentes competitivos y egoístas’, confiando en el mercado y el sector privado como las fuentes de solución para todos los problemas, reduciendo problemas complejos a una cuestión de mercado, haciendo de la Teoría de la Economía Institucional, Planificación Estratégica basada en escenarios, Teoría del Caos, Calidad Total, Matemática Fractal, Modelos de Simulación Computacional y Balanced Score Cards su fuente de inspiración teórica y orientación práctica, vendo ‘alianzas estratégicas’ como la panacea para los problemas organizativos, sin valorizar las historias, experiencias, saberes, valores, creencias y aspiraciones locales (excepto las de los clientes), ignorando las relaciones entre poder (política) y saber (ciencia) que afectan la vida (ética), sin (de)(re)construir los modos de interpretación e intervención dominantes, separando lo económico de lo político, vendo el individualismo y el egoísmo como estrategias hacia el éxito, y sin tomar el contexto cambiante como referencia (excepto el del mercado) para sus diagnósticos y
propuestas, los procesos neo-evolucionistas de transformación institucional son extremadamente vulnerables, y su fracaso es muy probable (De Souza Silva et al. 2006).
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