Vancouver “gay”

Por Isabel Portero , desde España

Hace poco vi un programa de televisión bastante bueno, al menos curioso, lo que para empezar es una rara avis. Se emite en Telemadrid y se llama “Madrileños por el mundo”. La base formal es contar historias, en primera persona, de madrileños que han decidido por diversas razones vivir fuera de su ciudad natal. No hacen ninguna reflexión sesuda de causas, conflictos o razones para haberse ido, sino que más bien son historias que tratan simplemente de las vueltas que da la vida. Estos madrileños nos cuentan qué hacen, cómo viven en otros lugares, en otros mundos, sin más trampa ni cartón. Se les nota si están contentos o no y es posible adivinar en cierta manera por qué, si no te lo dicen ellos directamente.

El programa del otro día hablaba de madrileños en Vancouver. La verdad, me llamó la atención porque yo vivo en Madrid y Vancouver me parece un destino insólito para un madrileño, que además de trabajar mucho (lo habitual que yo me he encontrado aquí), valora salir del trabajo y pasar un rato de tapeo y cañas.

Vancouver es una ciudad muy interesante desde el punto de vista profesional, sin la menor duda. Es una de las grandes ciudades que ofrecen verdaderas oportunidades, donde puedes forjarte una buena carrera en un entorno favorable y honesto; y trabajar casi en cualquier área de conocimiento cualificado. Lo que me ha llamado la atención, porque no lo conocía, era la cara humana de la ciudad. ¿Pero qué hacen allí tantos madrileños fuera de sus cañitas, el sol radiante y la montaña a media hora? Sin querer hacer demagogia con esto, el hecho es que de seis historias que contaron tres eran de homosexuales: un gay y dos lesbianas. Esta sí que es buena, porque supuestamente Madrid es una ciudad gay-friendly, no precisamente el tipo de ciudad de la que tienes que salir corriendo para que no te tiren piedras por la calle si vas de la mano con una chica. De entrada pensé que esta proporción del 50% de homosexuales entre los madrileños en Vancouver era una casualidad. A fin de cuentas, personas “gay” hay muchísimas y es natural que entre los emigrantes puedas encontrar un número significativo de homosexuales, pero no por el hecho de su orientación sexual, sino por las oportunidades profesionales.

El caso es que las tres personas “gay”, por separado y casi al unísono, dijeron que no regresarían por nada del mundo. Por otro lado, los tres heterosexuales que aparecieron en el programa sí que estaban deseando regresar a Madrid, antes o después, en cuando tuvieran oportunidad. Estaban contentos con la ciudad, pero consideraban su vida en Vancouver como una etapa más.

Entonces, ¿qué han encontrado allí estas personas homosexuales que no ha cautivado a los “heteros” en la misma medida?

Por ejemplo…. las dos lesbianas estaban casadas ¡por la iglesia! (gracias a una de las múltiples variantes cristianas que se pueden encontrar fácilmente en Norteamérica). Se las veía tranquilas, bastante felices, habían podido construir un hogar sin estridencias, y parecían aceptadas y valoradas por sus vecinos. Se plantaron en Canadá un poco por casualidad y al ver el panorama decidieron quedarse para siempre. Francamente, ni ellas ni el chico gay eran unos “locos”, sino personas normales con su profesión por un lado, su vida íntima por otro y perfectamente integradas en su comunidad.

Es la consecuencia lógica de dar con una sociedad abierta, justa, honesta y responsable con sus ciudadanos, si éstos se comportan con los mismos valores.

Lo que más me ha gustado es percibir, aunque sea de lejos, que esta situación no es consecuencia de una lucha encarnizada en la que se haya tenido que llamar mucho la atención para que te acepten y te tengan en cuenta. Me parece que la sociedad canadiense no es precisamente dada a los circos ni los numeritos que, la verdad, no son necesarios si tratas con naturalidad a tus vecinos. A diferencia de lo sucedido en otros lugares, a éstos no les ha hecho falta ponerse un letrero en la frente ni salir en pelotas a reivindicar derechos, simplemente el hecho de comportarse como personas honestas y buenos ciudadanos ha sido suficiente. Sus conciudadanos han valorado más la actitud que la “imagen”.

A mí no me sorprende por dos razones: por una parte algunas culturas sajonas suelen ser más meritocráticas que clasistas (no todas); y por otra aún quedan muchísimas zonas del mundo donde nos seguimos encontrando con temas tabú como éste que se gestionan mal. Con la típica actitud represora se consigue lo contrario de lo que se pretende: que el marginado tenga que armar una escandalera para “salir del armario” y que se le reconozca como ser humano.

Es una situación parecida a la de los niños que no les hacen caso. Esos infantes patalean y hacen travesuras más que nadie, en un intento desesperado de llamar la atención de unos padres que les ignoran. Cuando algo tan esencial en una persona como el afecto romántico, la pareja, es deliberadamente ignorada y sustraída de toda conversación y referencia en la sociedad, la persona siente que es de verdad “medio-persona”, que le han arrebatado una parte esencial de sí misma. Además, se le hace entender desde muy joven que no debe expresarse abiertamente con los padres, los familiares, en el trabajo, etc… bajo pena de excomunión social y lo que es peor, exclusión afectiva. Por ello necesita llamar la atención sobre sí mismo, para ser reconocido y aceptado en su totalidad. Todas las personas somos seres sociales que necesitamos de la inclusión plena en un grupo humano, en una sociedad y en una familia, para poder ser felices. De ahí los movimientos de “visibilidad” que llenan las páginas web de los colectivos LGTB a este lado del charco. No es casual lo de visibilidad. Es lo mismo que lo del niño, ha sido la única manera para hacerse ver ante una sociedad injusta, castrante y desapegada, que impide el desarrollo de ser de forma integral a los homosexuales. Estas personas tienen que luchar muy duro para poder vivir lo que fue intencionadamente enterrado desde su temprana juventud. Necesitan liberarse de la mutilación deliberada y cruel de una parte muy importante de su vida que mucha gente, incluso su propia familia, quiso extirpar sin más miramientos en pro de la “paz social”; y yo diría que más bien, por la comodidad, los miedos y el egoismo de todos. No nos damos cuenta que al lado, sentados en el pupitre con ellos, en el despacho contíguo, en la mesa familiar, en el banco de la Iglesia, sus compañeros heterosexuales pueden expresarse y vivir con naturalidad simplemente porque es así.

Por todo esto me he quedado gratamente sorprendida con Vancouver y los canadienses. Creo que es un ejemplo a seguir y un motivo de reflexión para más de uno. Yo jamás había oído hablar el “día del orgullo gay” de Vancouver; tal vez porque, aunque existe, es una celebración festiva y bien integrada. Se ve que no les hace mucha falta despertar conciencias “a palos”. Los tres homosexuales que se han afincado allí tienen que haber sentido una enorme sensación de paz al no tener que dedicar un enorme esfuerzo a ocultarse, mentir o enfrentarse con nadie.

Cuando las cosas se normalizan y se trata a las personas con dignidad, independientemente de su sexo, religión, orientación sexual, raza, capacidades etc… se consigue una sociedad más sana en la que sus miembros no necesitan recurrir a según que estrategias de las que “rompen la paz social” (como dicen algunos) para poder tener la oportunidad de integrarse plenamente, realizarse como seres humanos y ser felices.

Isabel Portero vive en Madrid, es Doctora en Medicina, Médico especialista en Medicina Interna y Científica especializada en Medicina Traslacional. Integrante de esta Red y ha cedido este texto para su publicación en www.pensardenuevo.org
Categorías : Contexto | Derechos Humanos | Inclusividad | Involucramiento Social | Responsabilidad Social
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