UN FACTOR DE EXCLUSIÓN SOCIAL: EL TRABAJO DE LOS JÓVENES

Por Silvia García Ocanto, desde Argentina

Este trabajo está enmarcado en las investigaciones realizadas para el programa de la Secretaría de ciencia Técnica y Postgrado de la Uncuyo sobre Seguridad Humana, estrategias para el Fortalecimiento de la Ciudadanía, en el Proyecto Inclusión exclusión social. Violencia: factores de riesgo en niños y adolescentes en conflicto con la ley. La investigación había comenzado como un Proyecto PAV

Nuestro tema nos levó a bucear en distintos fractales del problema y uno de ellos es el trabajo de los jóvenes

Huelga recordar que las profundas transformaciones producidas en el último cuarto del siglo pasado han impactado en la estructura productiva y social de los países emergentes en donde en el ámbito laboral, la demanda de mayores calificaciones y el aumento de la productividad del trabajo confluyeron en un mercado laboral duro y exigente. Frente a esta realidad, la integración de las personas provenientes de sectores populares resulta dificultosa, más aún cuando se produce concomitantemente un proceso de exclusión social (Gallart, 2001).

Uno de los problemas más importantes de nuestro mundo globalizado es el desempleo juvenil, especialmente, cuando se encuentra vinculado a situaciones de pobreza y de exclusión social porque trae consigo grandes costos a los individuos, a sus familias y a la sociedad. Se sabe que el desempleo en edades tempranas compromete permanentemente la empleabilidad futura de las personas y genera patrones inadecuados de comportamiento laboral para toda la vida, cuestiona la solidaridad intergeneracional, y produce tremendos desafíos de desarrollo tanto para cada país como para la comunidad internacional.

Según Ramírez-Guerrero (2002), el desempleo juvenil es un problema muy complejo, porque su naturaleza es doblemente estructural. Una dimensión estructural responde a cambios fundamentales en los mercados de trabajo globales, producto de las profundas modificaciones que el aceleramiento del cambio tecnológico y la internacionalización de la economía han generado en los aparatos productivos y los mercados financieros y de bienes y servicios de todos los países del mundo. El surgimiento de los nuevos mercados de trabajo pasa por un proceso intensivo de destrucción de empleos tradicionales y, la formación de nuevos empleos depende de políticas consistentes a crear condiciones macroeconómicas y sectoriales adecuadas para el crecimiento económico. Las mismas deben ser complementadas con políticas de redistribución de activos y oportunidades, que rompan las dinámicas globales y nacionales de la exclusión social. Otra dimensión estructural, está representada por la brecha entre las competencias laborales disponibles por los trabajadores y aquellas que son requeridas por los nuevos mercados de trabajo. Los empleos de la economía moderna se caracterizan por perfiles ocupacionales con mayor contenido de conocimientos, con fuertes competencias de tipo social y comunicacional, y con una base de habilidades técnicas flexible para facilitar la adaptación del trabajador a varias posiciones ocupacionales dentro de un proceso productivo.

Debido a que predominan las formas de contratación flexibles y nuevas maneras de organización del trabajo y a que las organizaciones actualmente, presentan menores jerarquías formales y requieren mayores niveles de responsabilidad personal, las personas tienden a ocupar varias funciones durante sus vidas laborales. Este nivel de exigencia es un potente factor de exclusión social en el mundo globalizado.

Es importante para compreder nuestro punto de vista el concepto “exclusión social” se lo entiende como “el debilitamiento o quiebre entre los vínculos que unen a la persona con la sociedad. Estos vínculos corresponden a aquellos mecanismos responsables de su integración o pertenencia al sistema social” (Hein, 2001). Siguiendo la definición planteada, la exclusión social se daría en la medida en que se deterioran los vínculos funcionales, es decir, los de integración al mercado de trabajo; los vínculos culturales que incluyen los relacionados con el sistema educacional y con la socialización de normas y valores; los vínculos sociales donde están insertas las formas de organización social de la familia y la comunidad (Hein, 2001). Según Joan Subirats (2000), implica fracturas en el tejido social, la ruptura de ciertas coordenadas básicas de integración y, en consecuencia, la aparición de una nueva escisión social en términos de dentro/fuera, generadora de un nuevo sociograma de colectivos excluidos.

El concepto de exclusión se halla vinculado a otros conceptos tales como el de vulnerabilidad. Los crecientes niveles de pobreza producen un incremento de la vulnerabilidad bio-sico-social que condiciona la vida de los grupos con mayores niveles de riesgo, por su situación de dependencia, en contextos donde son hegemónicos los paradigmas que los conciben como objetos y no como sujetos de derecho. Los jóvenes, por el sólo hecho de ser jóvenes, pueden ser considerados como un grupo vulnerable por las desventajas sociales específicas a dicho grupo social. Por su edad, tienen dificultades para controlar los eventos que determinan su destino y por la presión del contexto, muchas veces son incapaces de aprovechar las oportunidades que se les pueden ofrecer.

No es de extrañar que el joven se encuentre con rupturas, fracasos o conflictos en su transición desde la adolescencia a la vida adulta, pero cuando éstos se hacen en un entorno con una red de contención social débil, los fracasos tienen un efecto multiplicador y, a veces, consecuencias graves. Una ruptura escolar, el estrés económico, un conflicto familiar grave o la inactividad laboral tienen un impacto muy grande en términos de riesgo social para algunos jóvenes porque su transición no puede apoyarse en los satisfactores necesarios y suficientes que le permitirían su inclusión (García Ocanto, 2007). Ellos abarcan cuatro ámbitos, según Hein (2001): salud y autocuidado, empleo y emprendimiento productivo, educación y capacitación y, participación y ciudadanía. Pero recortemos a nuestro tema central;

El trabajo es una condición fundamental de inclusión en el corto plazo, ya que sin él, las posibilidades de acceso a otros ámbitos se afectan profundamente. El desempleo juvenil y las escasas condiciones de empleabilidad pueden ser considerados como las barreras que determinan la baja inserción del joven en el ámbito del trabajo; ambos unidos a la escolaridad incompleta y los escasos contactos interpersonales, agudizan esta situación que se agrava en los estratos sociales más bajos.

El desempleo juvenil es actualmente una preocupación en la mayor parte del mundo. Según datos de la OIT, en 1999, el 50% del desempleo mundial correspondía a jóvenes entre 15 y 24 años. Esta tasa es altamente desestabilizadora cuando se asocia a falta de oportunidades para el desarrollo personal y comunitario (Amadeo, 1999).

El colectivo juvenil, especialmente en los niveles de bajos recursos, debe salir a la calle para ganarse la vida, interrumpe sus estudios, se inserta mayoritariamente en el sector informal de la economía con bajas condiciones salariales y ausencia de garantías laborales que en ocasiones, impulsan a las migraciones. Estas condiciones actúan como desorganizadores de la vida de los jóvenes, producen desorientación, lesionan la autoestima; impactan en la toma de decisiones, en el desarrollo de la capacidad de planificación y de administración personal como así también, en el ejercicio de la autonomía y de la integración social. Además, las contrataciones que demandan silencios cómplices para cubrir la impunidad de los empleadores, distorsionan peligrosamente el sistema de valores de los jóvenes (Krauskopf, 1996).

En la exclusión la afirmación juvenil se establece sin una perspectiva de futuro válida, con ausencia de reconocimiento y con estigmatización, con un contexto social carente de estímulos para un compromiso estructurante que lo lleve a evitar peligros para poder preservar los logros presentes y futuros.

En América Latina, la exclusión como hecho social, se halla actualmente en el centro del escenario histórico, donde los jóvenes son especialmente perjudicados.

La pobreza está fuertemente ligada a los difíciles problemas que enfrenta actualmente la población para obtener un trabajo estable en esta Región. Según datos proporcionados por la Organización Internacional del Trabajo. Ya a principios del milenio en el 2002 llega al 11,2% y va descendiendo hasta el 2006, con una tasa de desocupación de 9%. Sin embargo, aún cuando aumentó en algo el empleo en los dos últimos años, el informe advierte que el mismo es de peor calidad, que la desocupación femenina tiende a agravarse y que casi uno de cada tres jóvenes está desempleado y hay un crecimiento de los trabajos informales en América Latina.

El mercado de trabajo se ha caracterizado por una marcada heterogeneidad y una gran segmentación laboral, los jóvenes de hoy nacieron y han crecido dentro de países empobrecidos. Cuando buscan insertarse en el mercado laboral e intentan conformar una nueva clase trabajadora, se enfrentan a una incapacidad de la economía para absorberlos por lo que ingresan a las filas de desempleados y en mayor medida, a la de los subempleados.

La situación de alto desempleo es generalizada entre los jóvenes argentinos. Este fenómeno es alarmante. Casi la mitad de los chicos de entre 15 y 19 años, un tercio de los de 20 y 24 y un cuarto de los menores de 29 años, pertenecientes la mayoría a los estratos bajos, no encuentran empleo formal, a pesar de los esfuerzos que hacen por encontrarlo. Estos datos avalados por la EPH indican una situación muy preocupante porque son los jóvenes quiénes sufren una mayor incertidumbre económica y social, que tiende a expresarse en una mayor vulnerabilidad al desempleo. Su probabilidad de estar desempleados es 3 veces mayor que la de los adultos. Son los más jóvenes entre los jóvenes los más vulnerables al desempleo: la probabilidad de los adolescentes de estar desempleados es 4 veces mayor que la de los adultos.

El desempleo juvenil se concentra en los grupos sociales más vulnerables; son las mujeres y los menos educados los más afectados por el desempleo. A su vez, la mayor parte de los jóvenes desempleados provienen de hogares de escasos recursos, muchos de los cuales se encuentran en situación de pobreza. Se genera con ello un círculo vicioso de transmisión intergeneracional de la pobreza.

Lépore (2005) identifica tres grupos de jóvenes sin empleo cuya situación socio-laboral requiere atención prioritaria en materia de política social y de empleo:

ü 28.4% de los adolescentes desempleados, no estudian

ü 12,7% de los adolescentes desempleados, tienen responsabilidades familiares

ü 58,9% de los adolescentes desempleados, no buscan trabajo ni estudian

No ha habido políticas de estado para paliar el desempleo de los jóvenes

Resumiendo, la combinación de varios factores -los cambios sustantivos en las demandas y capacidad de absorción del mercado de trabajo, la oferta creciente de personas con mayores niveles de instrucción, la amplitud de la pobreza y las nuevas características de la exclusión social- contribuyen a que el tema de los jóvenes en hogares de pobreza y su posibilidad de integración sean críticos en nuestro país. (Gallar 2001)

Revertir la situación de exclusión de los niños y los jóvenes, definida por la aglomeración de dificultades, requiere de una mayor diversificación de las ofertas y las alternativas existentes focalizadas hacia ellos, en aras de lograr su inclusión social (Hein, 2001).

Pero, mientras tanto, qué hacer con los millones de jóvenes que ya se encuentran en el mercado de trabajo en situación de desempleo estructural? Es, evidentemente, necesario que, en el corto plazo, se pongan en práctica efectivos programas dirigidos a mejorar la situación de empleo de esta franja etárea mediante acciones concretas, con estrategias de acompañamiento gradual y sostenido.

Para tratar de revertir esta problemática, se han aplicado programas de capacitación dirigidos a los jóvenes provenientes de hogares en situación de pobreza. Se piensa que estos jóvenes se encuentran en un círculo vicioso en el que confluyen deficiencias en la educación básica, falta de acceso a los circuitos de formación profesional, pocas oportunidades de empleo en el sector integrado o, en el caso de que logren emplearse, se trata de ocupaciones precarias de baja calificación y con escasas posibilidades de trayectorias calificantes. La situación descrita señala el peligro de que se constituyan en una población excluida y que esos jóvenes pasen a integrar los núcleos duros de desocupados de larga duración, por cuanto no detentan las condiciones mínimas de empleabilidad para desarrollar trayectorias ocupacionales que les permitan recalificarse.

No es suficiente la formación curricular en oficios hay que brindar a los jóvenes competencias de socialización y participación ciudadana para que puedan revertir su situación de exclusión social e integrarse plenamente como protagonistas en una sociedad desarrollada.

Silvia García Ocanto es Magíster en Ciencia Política y Sociología por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales -FLACSO-, Profesora de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. Silvia García Ocanto es integrante de esta Red y ha cedido este texto para su publicación en www.pensardenuevo.org
Categorías : Contexto | Prácticas Laborales | Universidad
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