Redimensionando el concepto de la Responsabilidad Social
Por Roberto Delgado Gallart, desde México
Históricamente -entendiendo por “histórico” aquello que, en esta era de la inmediatez global, tiene más de un año de haber ocurrido- la Responsabilidad Social, esto es, “el compromiso personal con el bienestar de los otros y del planeta” (Berman, 1997), se ha ido convirtiendo en Responsabilidad Social Empresarial (RSE).
Este hecho, si bien no deja de tener muy importantes y valiosos efectos y consecuencias positivas a nivel local, regional, nacional y mundial, ha traído consigo, desafortunadamente, una serie de repercusiones no tan positivas.
Estas repercusiones a las que hago referencia son, fundamentalmente, en cuanto al entorno y alcances de la Responsabilidad Social: al convertirse en prácticamente sinónimo de actividades de beneficio social necesariamente vinculadas con el contexto empresarial y/o productivo, generalmente a cargo de grandes consorcios y corporaciones, esta alteración del sentido original de la Responsabilidad Social está en peligro de convertirse en una rama más de la integración empresarial, como si se tratase de, por ejemplo, las relaciones públicas.
En este sentido, no podemos sino reconocernos como parte del problema: quienes colaboramos y/o formamos parte del Tercer Sector sabemos y entendemos la imperiosa necesidad de allegarnos recursos para llevar a cabo nuestros programas y proyectos sociales.
Esta necesidad de financiamiento ha generado los más diversos esquemas productivos y de simbiosis que hubiésemos podido imaginar hace apenas unos años: alianzas estratégicas entre empresas y causas sociales, instituciones del Tercer Sector no sólo productivas sino, además, rentables y con suficientes recursos propios para no depender de apoyos externos, mecanismos de coinversión en programas productivos, etc.
Consecuentemente, la sociedad en su conjunto -en especial en América Latina- empieza a asumir, comprensiblemente, que las actividades de Responsabilidad Social van de la mano con las actividades empresariales.
Si bien ello ha traído consigo el que cada vez haya mayor interés, apertura y promoción de proyectos conjuntos, la realidad es que, al mismo tiempo, se empieza a dar un alejamiento conceptual y actitudinal de la sociedad en su conjunto hacia las causas sociales.
En una peligrosa adaptación de la “disfunción narcotizante” planteada a mediados del siglo pasado por Lazarsfeld y Merton, la sociedad empieza a asumir que el consumo de productos “socialmente responsables” es equivalente a ser socialmente responsable.
Como bien señalaban en su clásico estudio Lazarsfeld y Merton “Algunos estudios dispersos han indicado que los norteamericanos dedican un tiempo cada vez mayor a los productos de los medios masivos de comunicación. Con nítidas variaciones en distintas regiones y entre diversas capas sociales, lo que vierten los medios masivos de comunicación presumiblemente permite al norteamericano del siglo XX “mantenerse al día con el mundo”. Se sugiere, sin embargo, la posibilidad de que este vasto aprovisionamiento de comunicación no suscite sino una preocupación superficial sobre los problemas de la sociedad, y de que tras esta superficialidad se oculte con frecuencia una apatía de masas.”
Haciendo sutiles adecuaciones al texto anterior, fácilmente podemos apreciar cómo “este vasto aprovisionamiento de” “productos socialmente responsables” (…) no suscite sino una preocupación superficial sobre los problemas de la sociedad, y de que tras esta superficialidad se oculte con frecuencia una apatía de masas.
Esta tendencia se observa, de modo por demás evidente, conforme se realizan, en nuestros respectivos países, diversos encuentros y actividades muy bien organizadas de recaudación masiva de fondos para alguna causa con sólidos respaldos corporativos: los consumidores, impulsados por las campañas de publicidad institucionales -esto es, que promueven a la causa o agrupación destinataria de dichos recursos- y corporativas, es decir, las que vinculan a la marca o producto con la causa en cuestión, se ven impulsados a adquirir aquellas marcas con clara liga con la causa.
Este proceso, en sí mismo, no tiene -ni debería tener- nada de contraproducente: las marcas ganar mayores ventas, los consumidores ayudar a generar mayores recursos para causas relevantes mediante sus consumos selectivos, y las causas y/o instituciones se hacen de ingresos muy necesarios para su supervivencia y operación. Y, por último, las personas (esto es, los consumidores) se siente bien consigo mismos por “haber ayudado”.
El problema reside, evidentemente, en que esta ayuda percibida por parte de la sociedad se queda, en la mayoría de los casos, a nivel de opción o decisión de compra, pero no incide en un cambio de conducta o comportamiento social.
Dicho en otras palabras: tras esta superficialidad se oculta con frecuencia una apatía de masas.
Ahora bien: sería hipócrita y falaz, por nuestra parte, pretender enarbolar cualquier bandera opuesta a este tipo de acciones. Durante décadas hemos estado involucrados y/o al frente de los más diversos programas sociales y todos, absolutamente, han requerido de apoyos financieros para su realización.
Del mismo modo, sería ridículo pretender que estas acciones, que benefician a causas e instituciones socialmente necesarias e importantes, se dejen de realizar.
Finalmente, ningún imperativo moral o ético puede contraponerse al deseo natural del ser humano de ser solidario con los demás.
Y, sin embargo, el problema continúa: estas acciones, no obstante sus diversas bondades, no representan un verdadero cambio, ni individual ni colectivo, hacia el bien común. E, independientemente de sus beneficios a causas y/o instituciones de beneficio social, no logran un verdadero beneficio social en términos de participación, compromiso y responsabilidad social. Son, a falta de mejores términos, paliativos para el alma, o placebos de la responsabilidad social.
A lo anterior no podemos hacer menos que añadir, a modo de referente, la lenta pero inevitable transformación experimentada en Latinoamérica en las últimas décadas donde, afortunadísimamente, poco a poco vamos acercándonos hacia un modelo cada vez más preventivo y proactivo, y alejándonos, en la medida de nuestras posibilidades y entornos respectivos, de protocolos de reacción.
Esta evolución del a posteriori al a priori social no es fácil -y uso el presente pues aún resta muchísimo por avanzar- ni mucho menos fluida: implica una lenta transformación social que avanza, en el mejor de los casos, como entre lagos de melaza, lenta y pausadamente de la apatía absoluta a la curiosidad, de la curiosidad al interés, del interés a la preocupación, y de la preocupación -por fin- a la acción.
Ello se debe, ante todo, a que lo dramático, lo nuevo y, sobre todo, lo inesperado y apabullante es mucho más atractivo que lo cotidiano. Como bien ha demostrado el libro Guinness de los Récords Mundiales, los seres humanos somos, ante todo, animales adictos a lo extremo: lo más grande, lo más pesado, lo más terrible, lo más absurdo, lo más doloroso.
Cuando los rostros de las víctimas son aislados y frescos, cuando la magnitud de la tragedia empieza a esbozarse, cuando nuestra voz interior todavía reacciona con espanto ante lo ocurrido, la ayuda tiende a fluir, generosa y noble.
Pero, una vez que la tragedia desaparece de la primera plana, cuando los muertos son estadísticas, y las historias de sentido humano son texto de relleno en la página 32, la respuesta social se abate, las aportaciones individuales se diluyen, y el trabajo de reconstrucción queda en manos de unos cuantos.
Por ello, el ir migrando poco a poco hacia un modelo de prevención proactiva es un trabajo de enorme importancia social, humana, estratégica y operativa.
Para quienes son afectos a los números, puede reducirse a una cuestión de simple economía de escalas: es mucho más barato invertir X miles de dólares en campañas y programas de construcción segura, establecimiento de albergues y formación de brigadas locales de ayuda para casos de desastre, por ejemplo, que destinar millones de dólares a programas emergentes de reubicación y reconstrucción de comunidades enteras.
Para las familias en zonas de riesgo, por ejemplo, el transformarse de testigos pasivos de su propia catástrofe a actores directos de su prevención es -además de un acto de enorme concienciación y empoderamiento- parte de un proceso interminable de responsabilización individual y comunitaria.
Para las autoridades, el dejar de suponer que “nada malo va a pasar” y asumir, correctamente, que pueden tener una emergencia mayor en sus manos, y actuar en consecuencia meses y/o años antes de que el fenómeno esté encima de ellos, no sólo habla de una visión estratégica y social de largo plazo, sino de un compromiso verdadero con la comunidad.
Pero esta evolución, de la pasividad y la apatía a la proactividad y la prevención, no puede ser dejada al azar, ni a la casualidad, ni, mucho menos, a cargo de nuestros respectivos gobiernos, pues NO ES SU RESPONSABILIDAD.
Esta tarea recae, directamente, en el Tercer Sector. Y esta tarea tenemos que enfrentarla ya.
Recapitulemos rápidamente:
Las sociedades latinoamericanas, si bien avanzan en la dirección correcta en términos de entenderse como parte de la solución de los problemas sociales, están asumiendo, cada vez más, que el papel estelar de la Responsabilidad Social recae en las grandes corporaciones y sus alianzas con las instituciones, relegando el papel del individuo -salvo contadas excepciones- al de consumidor selectivo.
La evolución de las conductas sociales en la región nos permite esbozar el inicio de una transformación progresiva de la apatía a la proactividad.
Dicha transformación sólo será posible mediante el papel proactivo (justamente) por parte de las organizaciones del Tercer Sector.
La pregunta, entonces, es: ¿cómo generamos el cambio, continuamos impulsando la evolución del concepto, y recuperamos, a la vez, para TODA la sociedad y sus diversos grupos, su papel dentro de la Responsabilidad Social en su sentido original de “compromiso personal con el bienestar de los otros y del planeta”, sin alienar a las instituciones y corporaciones que, finalmente, se han ido sumando a este proceso?
Hemos estado meditando este tema durante los últimos dos años y, tras las más diversas discusiones, charlas, foros, intercambios de correos y demás, tanto en México como en otros países, en especial en encuentros como éste.
A las opiniones allí reunidas hemos de agregar -honor a quien honor merece- los puntos de vista de cientos de alumnos tanto del Diplomado en Administración de Instituciones de Asistencia Social y Responsabilidad Social como de la Maestría en Responsabilidad Social, y las ideas de quienes comparten con nosotros sus perspectivas en foros como éste.
Hoy, si bien no podemos pretender tener totalmente resuelto el dilema, creemos haber dado con una estrategia que, salvo su mejor opinión, consideramos puede sernos de enorme utilidad, da título a esta charla, y que hoy nos permitimos compartir con Ustedes.
Para ello, deseo replantear la pregunta hecha anteriormente, y convertirla de problema, a reto: no se trata de generar un cambio mientras impulsamos la evolución del concepto y recuperamos el papel de la sociedad en su conjunto en la Responsabilidad Social en su sentido original, sin perder a las instituciones y corporaciones. No. El reto es mucho más simple y complejo a la vez: ¿Cómo transformamos a nuestras sociedades en participantes activos y demandantes de Responsabilidad Social?
Cabe señalar que este cambio de enfoque -de problema a reto- implica, necesariamente, el redimensionamiento de la Responsabilidad Social, no en el sentido de cambiar su forma o alcances, sino de devolverle su verdadera dimensión de compromiso personal.
Consecuentemente, el redimensionamiento que planteamos, y el reto de fondo, consisten en regresar al origen, y hacer, de la Responsabilidad Social, un compromiso personal.
Para ello, la mejor definición que hemos escuchado a la fecha provino de un amigo que, siempre concreto, lo resumió diciendo “lo que tienes que hacer es bajarlo a la banqueta”, que es la forma coloquial que empleamos en México para referirnos a las aceras.
Y es cierto: hay que “bajar la Responsabilidad Social a la banqueta”. Parafraseando a Ortega y Gasset, tenemos que hacer que la Responsabilidad Social deje de ser “distante, distinta, externa y extraña”, a personal, directa, accesible y concreta.
Y este proceso sólo puede empezar en el salón de clases, con todo y nuestras carencias históricas y coyunturales en materia de educación. Tenemos, a nuestro juicio, que hacer a la Responsabilidad Social parte del proceso educativo desde la infancia.
Ojo: no se trata de cuestiones de ideología, religión o moral. Nada más alejado de ello. Se trata, simplemente, de hacer que los niños y niñas de nuestras escuelas, desde la educación básica, comiencen a entender su papel protagónico en la atención y solución de los problemas sociales mediante la acción coordinada e inteligente en pro de la sociedad en su conjunto.
Esta formación no pretende ser una cuestión académica, ni una materia como historia o geografía, sino que se trata de una actividad directa, tangible, que genera en el alumno tanto una enorme conciencia de su capacidad individual y colectiva de impulso y desarrollo social, por una parte, como de las necesidades sociales en su entorno.
Para ello, los alumnos no pueden limitar su actuar al salón de clases: el proceso de concienciación sobre los efectos de la contaminación ambiental, por ejemplo, se observan en la calle y las plazas, en los parques y en los propios hogares, independientemente del estrato socio-económico de que se trate.
Consecuentemente, nos permitimos sugerir que impulsemos el desarrollo, dentro de los programas generales de educación, de materias y actividades de Responsabilidad Social -llámeseles civismo, participación ciudadana, etc.- encaminados específicamente a empujar este proceso de transformación conceptual de nuestras siguientes generaciones.
Porque los alumnos de educación básica que cuenten con estas bases habrán de llevarlos a sus hogares, imbuirlos en sus hermanos menores y, como muchos hemos podido apreciar, en sus familias en general, en un efecto multiplicador de bajísimo costo y enorme impacto social.
Si a ello aunamos la realización de actividades coordinadas por las propias escuelas donde participen las familias en su conjunto, súbitamente la Responsabilidad Social pasa de ser concepto a ser una realidad, además de una oportunidad de convivencia y participación familiar.
Pero va más allá: los alumnos de grados superiores, al mismo tiempo que avanzan en sus estudios y la profundidad de sus conocimientos teóricos, van avanzando en el grado de complejidad de sus programas y acciones de Responsabilidad Social, involucrándose -institucional y/o grupalmente- en proyectos progresivamente más demandantes, más extensos y de mayor impacto social.
Este fenómeno no sólo se replicará entre sus hermanos menores, sino que, además, irá demostrando, a la comunidad en general, y en especial entre quienes no tuvieron esta formación en sus años escolares, la viabilidad de la participación social organizada en la transformación positiva del entorno, sin depender de autoridades externas.
Siguiendo con este proceso, los egresados de educación media y media superior, al ingresar al ámbito laboral, llevarán consigo la experiencia de la Responsabilidad Social, generando, en sus respectivas fuentes de empleo, y de conformidad con sus entornos y capacidades, nuevos y novedosos proyectos y soluciones de Responsabilidad Social los cuales, en caso de ser implementados en entornos receptivos, pueden ser el catalizador de cambios sociales reales en términos de participación institucional y comunitaria en esquemas de Responsabilidad Social.
Finalmente, quienes han vivido y se han formado en la práctica cotidiana de la Responsabilidad Social, al momento de iniciar sus propias familias, seguramente continuarán con dichas prácticas, abonando el terreno para que la formación en Responsabilidad Social de las próximas generaciones sea aún más eficaz y sencilla.
Hace años leí, no recuerdo ni siquiera cuándo o dónde, el relato aquel de Ray Bradbury de donde surgió el concepto del llamado “efecto mariposa”, que hoy entendemos como parte de la Teoría del Caos, pero que, en esencia, dice poco más o menos que el aleteo de una mariposa en Tailandia puede tener, entre sus efectos indirectos, un tsunami.
Honestamente creemos estar ante una oportunidad única y excepcional de cambiar, para siempre, el paradigma de la Responsabilidad Social en nuestra región: podemos iniciar, como la mariposa, el aleteo que altere, para siempre, la forma en que nuestras sociedades enfrentan sus retos y desigualdades.
Quienes hemos hecho de la labor y la responsabilidad social nuestra vida, sabemos, por experiencia directa, las enormes satisfacciones y los aún mayores retos y dificultades que enfrentamos, día con día, en nuestra vocación por reducir las distancias que separan a los miembros de nuestras sociedades. ¿No creen que es momento de que actuemos con verdadera visión de futuro y sembremos, hoy, las bases de mejores sociedades para las generaciones por venir?
Es el momento, en serio, de redimensionar la Responsabilidad Social. Es el momento de “bajarla a la banqueta”. De nosotros, de lo que hagamos, depende no sólo el futuro de la Responsabilidad Social y del Tercer Sector sino, por consecuencia, de las sociedades en su conjunto.
A todos Ustedes que nos dieron la oportunidad de recibirnos en sus casas, oficinas o cualquier otro espacio, muchas gracias. Nos leeremos de nueva cuenta en unos días. Mientras tanto los invito a recordar que, a lo largo de la historia nunca ha habido ningún problema o reto social más grande que la voluntad o el compromiso de superarlo. Si todos ponemos, todos ganamos.
*Más información sobre el Dr. Roberto Delgado Gallart
