Poder y olvido
Por Elías González, desde España
Olvidar es, según la Real Academia, dejar de tener en la memoria lo que se tenía o debía tener.
A veces, la política es el arte de traficar con olvidos y recuerdos. No es un tráfico inocente; es una práctica que se realiza según convenga. Pocas veces la memoria de los políticos tiene por objeto un acto de justicia. Más bien, me temo que suelen relacionar poco la memoria con la justicia.
Pero en general, vivimos tiempos en los que el poder, ya sea político o económico, clama por el olvido.
Cuando se desató la ola de comparecencias de las autoridades financieras mundiales para explicar la gravedad de la crisis sistémica, recomendaron que lo conveniente no era buscar culpables sino adoptar medidas para el futuro. Era lo constructivo, decían.
El presidente Obama también recomienda mirar hacia el futuro, en este caso por las violaciones de los derechos humanos en la lucha contra el terrorismo.
Sabemos que hay científicos que trabajan en un compuesto químico para olvidar. Lo que es más difícil es mirar al presente y hacia el futuro porque el presidente así lo quiere. Y que solo por ese motivo aceptemos que el examen del pasado no aporta luz y comprensión de los hechos. Que no miremos las fotografías. Que censuremos la memoria. Todo esto, en un mundo en el que tarde o temprano nada queda oculto.
Algunos países que sufrieron la represión de los dictadores se encontraron de pronto con el olvido por decreto, pero a la larga los huesos salieron a la superficie. No podemos comparar, es cierto: nada es comparable. Ni la represión en Argentina, ni las fosas comunes de Chile. Pero es que no se trata de comparar. Cada infierno es cada infierno. Y aunque haya buena fe en el deseo de olvidar, ya sabemos que a veces el camino del infierno está pavimentado de buenas intenciones.
También los que crearon las ficciones jurídicas que hicieron posible que hoy asociemos Guantánamo con la tortura, dicen que actuaron con buenas intenciones.
Los judíos precisan recordar la Shoá y conocer lo que ocurrió por una razón muy sencilla: para que no vuelva a ocurrir. Nada es comparable, es cierto. Y a causa de la diferencia es preciso conocer, comprender, para luego educar.
En la mente del presidente Obama se encuentra el objetivo de restaurar el poder moral de Estados Unidos en el mundo. Es cierto que ya es una ganancia que a partir de un determinado momento no haya tortura, tratos crueles, inhumanos o degrantes. Pero el olvido no contribuye a su objetivo, sino que lo hace del todo inviable, a menos que la realidad, que es tan extraña, cause la definitiva transparencia, como paso previo a la -ojalá- definitiva catarsis.
Editorial de EticaGlobal.net
