La libertad o la salida
Por Elías González, desde España
En su Informe para una academia, Franz Kafka puso en boca de Peter el Rojo la diferencia entre la libertad y la salida. Con la libertad -dijo- “uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños”. Y luego: “No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, adonde fuera. No aspiraba a más”.
Anthony Arblaster decía sobre la democracia, que más allá de cualquier consideración abstracta, fue recibida por los pueblos como una esperanza de mejora de sus condiciones de vida material. Es lo que Peter el Rojo hubiera llamado “una salida”. Pero es cierto que, quienes no necesitaban esa salida (o al menos no tanto), deseaban que la democracia trajera también la ansiada libertad, incluso sin ignorar la advertencia de Peter el Rojo. El profesor Guillermo O’Donnell, al argumentar su teoría de la democracia delegativa, como un tipo de democracia diferente de la representativa, ha señalado que al resultar elegido, el político se atribuye el derecho y hasta el deber de decidir según mejor le parezca -y yo añadiría, según mejor le convenga- lo que es bueno para la sociedad, sujeto exclusivamente al juicio de los votantes en las siguientes elecciones, estimando que el pueblo delega en él esa autoridad durante determinado tiempo, que los controles institucionales son trabas injustificadas, limitativas de su misión, por lo que intentará subordinar y doblegar a las instituciones -y yo añadiría, a quien se cruce en su camino-. Buscará también -según vamos viendo- disolver las limitaciones temporales, haciendo coincidir, en la medida posible, vida y poder. Probablemente, se trata de una extensión de lo que Max Weber observó sobre el líder carismático. Cuando en los partidos políticos “los que cuentan” se concentran en torno a la personalidad del líder, y en busca de la ansiada retribución ni siquiera recuerdan la palabra no, a partir del momento en el que la maquinaria del partido se alza con la victoria, repercute esa visión en las instituciones que domina e intenta aplicarla a toda la sociedad. Es cierto que el recorte de libertades es un instrumento de la acción, pero surge un asunto más delicado. Y es que la salida, que descartando la libertad escogió Peter el Rojo, tampoco resultará ya posible, pues sin libertad no hay diálogo y sin éste es fácil penetrar en la tiniebla del largo monólogo que conduce a la irracionalidad.
Este texto ha sido editorial de ETICA GLOBAL - www.eticaglobal.net
