Ética y control social

Por Elías González, desde España

A nadie escapa que la ética es una poderosa herramienta para el control social. Sin embargo, quienes por esa razón hacen un rechazo de ella, se olvidan de que en gran medida las herramientas de control social tienen fines relevantes para la conservación de los valores individuales. El tejido normativo y conductual de los valores éticos es el que, por ejemplo, nos hace conducir responsablemente en las carreteras y establecer la antijuridicidad de la conducción suicida. Ese mismo tejido es el que conmina al bombero al deber del sacrificio y a los padres a velar por la educación de sus hijos.

Posiblemente, una de las causas del rechazo a la ética provenga de la carga que las religiones han impuesto sobre las personas, mediante el peso de las culpabilidades. La ética social, a través de las normas y de las sentencias judiciales, también formula un reproche al autor de un homicidio o de un fraude. Aunque son asuntos diferentes, en uno y otro caso nadie quiere cargar con las culpabilidades.

Pero no es menos cierto que, en un régimen de libertades, la infracción de las normas legales es también parte de nuestra libertad; una libertad que, al vulnerar los bienes jurídicos de las personas o de la sociedad, se encuentra sujeta a determinadas responsabilidades. Aunque la idea de la democracia no pasa por su mejor momento, es un sistema político vertebrado a través del Estado de Derecho. Es parte de la ética reflexionar sobre la seguridad jurídica y, en vía de ejemplo, observar en qué medida la descripción de un determinado tipo penal es lo suficientemente preciso para impedir la arbitraridad del capricho judicial, o la forma en la que una detención cumple con los requisitos legales.

De allí que sea muy complejo establecer una definición de la ética. Nuestra cultura, nuestro lenguaje, nuestras conductas intencionales o negligentes, nuestras acciones y hasta nuestras omisiones, tienen una raíz de valor. Dos adolescentes rompen una relación emocional y establecen entre ellos una discusión acerca de a quién corresponde cargar con la culpa; quién infringió las correctas normas de trato. Dos niños dejan de jugar entre reproches de cuál de ellos hizo una trampa. Un estudiante universitario se siente engañado por su profesor a causa de una calificación que entiende inmerecida. Un monarca se siente ofendido por unas caricaturas, y al mirar las cosas con lupa, los más altos tribunales dedican al asunto interminables debates en los que contrastan la protección del honor y el derecho al humor, caminando sobre el delgado hilo del ánimus iocandi que niega el fiscal y alega el defensor. Sí, la ética invade hasta las injurias y extiende sus raíces en el humor.

Que todas nuestras conductas puedan ser valoradas no es agradable. Una ética global nos encaminaría hacia una uniformidad en la forma de valorar nuestros actos; a establecer un control social global. Pero resulta que, en cierto modo, esos controles existen, sin que en su génesis hayamos podido aportar nuestra reflexión, y sin que las éticas locales hayan sido del todo el resultado de reflexiones objetivas.

El nacimiento de la ética global será más perceptible conforme avance y madure la idea democrática en el mundo, pues son muchos los valores que serán compartidos, especialmente aquellos que se derivan del tratamiento de la libertad y de la normatividad asociada a ella. Pero hay algo más. Usualmente, se suele reprochar a la ética una especie de prédica que a fin de cuentas recae sobre los hombros de los individuos. Las herramientas de control social así lo han establecido a lo largo de incontables siglos. Pero las cosas están cambiando.

La libertad de prensa, el acceso social de la educación y las nuevas tecnologías que nos permiten expresar nuestra opinión sin que necesitemos malhumorados editores o autorizaciones administrativas, permiten establecer otro tipo de opinión, incluso en aquellos países en los que la libertad de prensa es un poco gris, y ese otro tipo de opinión nos conduce a valorar a los poderes de la democracia.

Así como felizmente no hace falta ser Juan Ramón Jiménez para comentar en un blog o en un foro virtual nuestro punto de vista sobre una novela, tampoco precisamos ser Kant para dar nuestra opinión sobre un fallo judicial, una medida del gobierno o un proyecto de ley que circula por la asamblea legislativa. Tampoco necesitamos tener la formación y la experiencia de Adenauer para opinar sobre las guerras, o para reflexionar sobre una previsible reforma del Consejo de Seguridad.

Es cierto que lo ideal es que nuestras opiniones fueran consistentes, fundadas en conocimientos precisos, pero tampoco hay que creer que en la actividad pública abundan los talentos. Es nuestra opinión, nuestra perspectiva ética, la que puede hacer a los políticos responsables. Aunque de un modo informal, hoy podemos votar en las encuestas en línea sobre la falta de transparencia de la administración pública, sobre la corrupción judicial o sobre cualquier otra cuestión, y en cierto modo, esos actos implican una valoración, que aunque no sea vinculante, puede estar haciendo el camino para una profunda reforma de la política del mañana.

Con el tiempo, es posible que las nuevas tecnologías aporten las herramientas de control que los ciudadanos precisamos para valorar, de un modo vinculante, la ética de nuestros gobernantes y, por qué no, para vertebrar, por fin, una forma de democracia que a partir de un determinado momento podamos considerar digna de todo nuestro respeto.

Este texto ha sido editorial de ETICA GLOBAL - www.eticaglobal.net

Elías González es el Editor del sitio www.eticaglobal.net, este proyecto realiza un loable aporte al pensar social, al ser y deber ser en el contexto impactado por el proceso de globalización que vivimos y a la ética como camino posible y necesario. Elías González gentilmente ha cedido este material para su publicación en www.pensardenuevo.org
Categorías : Etica Profesional
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