ALGUNOS ELEMENTOS PARA ESTABLECER UNA DISCUSIÓN SOBRE LA REPARACIÓN SIMBÓLICA:
Por Alejandro Roldán , desde Colombia
Introducción:
El siguiente artículo tiene como propósito promover una reflexión acerca de lo que la expresión “reparación simbólica” implica en el quehacer cotidiano de los profesionales de las ciencias humanas. Al ser una expresión tan utilizada por los que de una u otra manera trabajan con la población vulnerable de nuestro país, requiere del establecimiento de ciertas coordenadas comunes de análisis para que ingrese de manera amplia y directa dentro de la praxis que se realiza en la intervención comunitaria.
El texto establecido por las naciones unidas para la reparación de víctimas del conflicto deja por sentado lo siguiente:
A escala individual, las víctimas, ya sean víctimas directas o de familiares o personas a cargo, deben disponer de un recurso efectivo. Los procedimientos aplicables serán objeto de la más publicidad posible. El derecho a obtener reparación deberá abarcar todos los daños y prejuicios sufridos por la víctima. De conformidad con el conjunto de principios y directrices sobre el derecho de las víctimas de violaciones graves a los derechos humanos y al derecho humanitario a obtener reparación establecido por el Sr. Theo van Boven, Relator especial de la Subcomisión (E/CN.4/Sub.2/1996/17), este derecho comprende los tres tipos de medidas siguientes:
- a) Medidas de restitución (cuyo objetivo debe ser lograr que la víctima recupere la situación en la que se encontraba antes)
- b) Medidas de indemnización (que cubran los daños y perjuiciospsíquicos y morales, así como pérdida de oportunidades, los daños materiales, los ataques a la reputación y los gastos de asistencia jurídica);
- c) Medidas de rehabilitación (atención médica y psicológica o psiquiátrica). (E/CN.4/Sub.2/1997/20:10) (Naciones Unidas, Comisión de Derechos Humanos, (1997))
Como puede observarse en este documento se establecen tres tipos de medidas de reparación: la restitución, la indemnización y la rehabilitación. Esta trinidad de actos debe ser articulada y llevada a cabo por el estado, es decir, por el conjunto de instituciones que garantizan la dignidad del ciudadano y regulan la vida dentro de un país, puesto que contiene en sí “el monopolio de la violencia legítima” (Weber, 1919)
La medida de restitución presentada por la ONU, lleva consigo la idea de que la víctima puede lograr recuperar el estado o situación en la que se encontraba antes del agravio, asunto que materialmente no puede sostenerse ni realizarse, puesto que la gran mayoría de las personas que han sido reconocidas como víctimas, más allá de un bien material, lo que su pérdida señala es la imposibilidad de retornar a la vida a los seres queridos que han sido asesinados o desaparecidos en los actos de violencia armada. Por ello hemos de pensar la medida en que esta expresión de restitución podría ser efectiva y posible dentro de un proceso de reparación simbólica, asunto que trataremos más adelante.
La medida de indemnización se encuentra ligada a la retribución monetaria que debe tener la víctima por los actos que han vulnerado sus derechos. Este es un asunto de gran dificultad, puesto que solo a las instancias jurídicas les corresponde cifrar el dolor psíquico y los prejuicios morales que un individuo o una comunidad han experimentado, estableciendo un monto específico y diferencial para cada caso. Por ello deberemos dejar de lado este aspecto de la reparación, puesto que no es del resorte de nuestro quehacer comunitario, ni se encuentra en nuestras competencias la facultad de establecer una relación entre lo moral y lo monetario.
La tercera de las medidas toca, de manera directa, el núcleo de un saber que se precia del cuidado (terapia) y la búsqueda del bienestar del otro, tal como las psicologías y el trabajo social lo evidencian.
Allí hemos de entender que la intervención de estos saberes dentro del contexto comunitario, tal como lo expresa Amalio Blanco en su texto intervención psicosocial, debe ser un saber “sin adjetivos, que orilla sus diferencias reales o interesadas para concentrar toda su energía en ayudar a la gente a que se sienta bien consigo misma (…)” (Blanco, 2007), es decir, un saber que no se sesga en los discursos académicos que establecen sus diversas corrientes, sino en la clara y decidida posición de restablecer y consolidar el bienestar del individuo en la comunidad. Posición política y ética que inserta una reflexión por las patologías del vínculo y las formas en que se expresa.
Recordemos que en una definición simple, pero no menos profunda, otorgada por la politóloga Hannah Arendt de que es entonces la política, se encuentran las siguientes palabras que sirven de guía para una racional y moderada discusión que incluya este término como elemento fundamental: ”La política trata del estar juntos y los unos con los otros de los diversos” (Arendt, 1997).
Por ello el punto en el que se inserta el saber de las ciencias humanas, en búsqueda de dar cuenta de un tema como la reparación, debe ser localizado o definido como el vínculo, el entrambos, el tejido social; puesto que es en el “estar juntos” donde debe afincar su reflexión y el diseño de sus acciones el quehacer comunitario que se desprende de las ciencias humanas. Además de circunscribir la acción reparadora en el espacio vincular o intersubjetivo del “entrambos”, la definición que ofrece Hannah Arendt señala la necesidad de reconocer la diversidad en dicho proceso.
No basta con establecer actos de reparación si lo que se busca es estandarizarlos, lo que se requiere en este sentido es el reconocimiento de las particularidades que emergen en dichos actos.
1. La reparación simbólica
Antes de adentrarnos más en la discusión acerca de lo que se encuentra implicado en la expresión “reparación simbólica”, deberemos despejar algunas dudas iniciales que podrían entorpecer la sana discusión entorno a este importante tema.
La primera de las preguntas que debemos despejar, es la que interroga sobre aquello que se espera reparar, y de la cual surge la inquietud acerca de cuales han sido los actos que han producido el daño que se debe reparar.
El contexto de violencia y conflicto armado nos presenta la evidencia de que en nuestro país, el daño que por tanto tiempo han sufrido las personas que en él habitan por efecto de las muertes, desapariciones, secuestros, humillaciones y violaciones de derechos entre otras calamidades, ha dejado una huella, mejor aun, un rastro de muerte que produce la corrupción de ciertos elementos fundamentales en la constitución de un estado, incluso puede decirse, de una cultura.
Si planteamos el término “cultura” dentro de nuestra discusión, lo hacemos en el sentido más amplio y general del concepto, tal cual lo definen ciertos antropólogos, al hablar de esta como “la serie de soluciones de problemas, acumuladas y retransmitidas” (Bayes, 1969), puesto que no podríamos plantear una discusión exhaustiva sobre este complejo concepto. Pero al señalar esta definición notamos que detrás de esta serie de soluciones que conforman una memoria, se encuentra un grupo humano que las realiza. Hombres y mujeres que se enfrentan al cotidiano vivir con las herramientas que su contexto cultural les ofrece.
Estos sujetos responden a sus preguntas a partir de dichas herramientas, preguntas que emergen desde lo más básico y vital, y que se desprenden de los actos de supervivencia, tales como: ¿Cómo sobrevivo en un contexto como en el que me encuentro?, ¿de que manera me protejo y protejo a los míos de las amenazas y riesgos que allí se presentan?; hasta las que contienen en sí la búsqueda por un sentido de la y en la existencia: ¿quien soy yo para el otro?, ¿existe a caso una función especial para mi existencia que le de razón y sustento al hecho de continuar viviendo?.
Como sabemos, estas preguntas se responden por medio de los referentes culturales en los que se localizan estas comunidades, respuestas que se establecen como una “serie de soluciones acumuladas y retransmitidas”.
Considero que es allí en donde podemos situar el primer elemento de la discusión, es decir, es en tales referentes, en tales representaciones sociales que funcionan a modo de coordenadas para el individuo que se localiza dentro de una comunidad, en donde deberemos pensar los daños producidos por los efectos del conflicto armado y de los restos de corrupción que de él se derivan, y por lo tanto asentar nuestra discusión acerca del término “reparación simbólica”.
Recordemos cómo Serge Moscovici define el concepto de representación social, para ir orientando la discusión acerca de la reparación simbólica dentro de los términos en que allí se concibe la realidad social:
La representación social es una modalidad particular del conocimiento, cuya función es la elaboración de los comportamientos y la comunicación entre los individuos. La representación es un corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad física y social, se integran en un grupo o en una relación cotidiana de intercambios, liberan los poderes de su imaginación. (Moscovici, 1979 pp 17 - 18)
Moscovici establece, con el concepto de “representaciones sociales”, los elementos desde los cuales los individuos se articulan dentro de un entramado común de representaciones, elaborando sus comportamientos y las formas particulares en que se realizan sus intercambios. Es a partir de estos intercambios que una comunidad estructura la realidad social que integra a los individuos, e influencia la forma en que se constituye la percepción del mundo que los rodea.
A partir de la definición anterior, hemos de concebir la realidad de nuestras comunidades determinada por estos “corpus de conocimiento”, que se articulan y manifiestan en el saber popular de cada una de ellas.
En el saber de nuestras comunidades afectadas por el conflicto armado ha quedado inoculada la semilla de la violencia que se hace presente y manifiesta constantemente. Puesto que, si bien, la estela de muerte que produce el conflicto armado desencadena una ruidosa y dolorosa reacción de la comunidad, es en la memoria, tal cual la representamos como el acervo cultural del que estamos hechos, en donde se asientan las consecuencias a largo plazo de este daño constante que sufren nuestras comunidades. Podemos decir pues, que es en las representaciones sociales que los habitantes de las comunidades utilizan para dar cuenta de su mundo, que se teje una memoria de violencia que influencia los comportamientos de los individuos. Es desde todo punto impactante escuchar cómo, al hablar de los grandes capos, delincuentes genocidas que han afectado el entramado social de nuestro país, los hombres y mujeres se refieren a ellos con deferencia y respeto, denotando su inteligencia e ingenio para burlar los límites de la legalidad, por encima de los actos de barbarie que han producido, las miles de muertes que han ordenado que se realicen y las humillaciones constantes que han producido a la población menos favorecida de nuestro país. Pero en un plano aún más cotidiano que este, las formas en que los habitantes de nuestras comunidades enfrentan la solución de sus problemas, y que además se acumulan y transmiten en nuestro contexto, se ligan cada vez más a expresiones nefastas y mortíferas como las que la guerra ofrece.
En el trabajo comunitario, aquellos que estamos en constante contacto e interlocución con las comunidades que han sido vulneradas observamos como, cada vez que un joven se encuentra en conflicto con otro, que un adulto se siente maltratado, que un niño se enfrenta a una frustración dentro de su dinámica de juego, emergen las expresiones más mortíferas y aterradoras que se puedan destinar a otro, tales como: “te voy a mandar a quebrar”, “yo lo devuelvo en bolsas”, “a este me lo lambo”, “el sapo muere por la boca” entre otras mil formas de amedrentar al otro, asesinándolo de manera simbólica para equilibrar el desencadenamiento de ira que produce el conflicto.
En este sentido, las soluciones que se transmiten culturalmente se dirigen hacia la anulación del otro para anular el conflicto, implicando que la muerte es un agente necesario, de manera real y/o simbólica, para la resolución de conflictos interpersonales.
Las consecuencias concretas de estos referentes culturales las evidenciamos en las orgías del terror que persiguen aún hoy a nuestras comunidades, pero existen otras consecuencias no tan evidentes pero iguales de importantes, que subyacen a esta situación.
Dichas consecuencias nos ponen del lado del otro término que compone esta expresión, es decir, del lado de lo simbólico. Es claro que, la idea de reparación simbólica, supera lo que se restituye materialmente, es decir, supera lo que se denomina reparación administrativa. La reparación simbólica depende de la indicación de que el entramado simbólico del que se trata en la cultura, ha sido dañado y debe repararse, puesto que las representaciones desde las cuales se teje, se tornan hostiles al mismo hecho del vínculo social, hostiles a la amistad, al amor, a la familia.
Veamos como es definida la expresión “reparación simbólica” por la ley 975 de justicia y paz y enunciada por la comisión nacional de reparación y reconciliación:
Se entiende por reparación simbólica toda prestación realizada a favor de las víctimas o de la comunidad en general que tienda a asegurar la preservación de la memoria histórica, la no repetición de los hechos victimizantes, la aceptación pública de los hechos, el perdón público y el restablecimiento de la dignidad de las víctimas. (Art 8, Ley 975 de 2005)
Tal definición debe ser analizada, es decir, separada en sus elementos principales, para poder asir las dimensiones de la reparación que allí se presentan.
En principio, tal definición expresa la prestación de un servicio que asegura a la víctima la preservación de la memoria histórica, preservación que se realiza, según Eduardo Pizarro Leongomez presidente de la comisiónnacional de reparación y reconciliación, por medio de la respuesta a cuatro preguntas clave: ¿Qué pasó?, ¿por qué pasó?, ¿Quién fue el responsable?, ¿Cómo evitar que se repita? Estas preguntas se constituyen en el eje del proceso de preservación, pero más aún, de reconstrucción de la memoria de las comunidades que han sido afectadas por el conflicto, que en la medida en que sean articuladas por las víctimas e incorporadas las respuestas posibles que a ellas se les den, podrán permitir la no repetición y la aceptación pública de los hechos. Queda por pensar el restablecimiento de la dignidad de las víctimas.
Para Kant, en su texto Fundamentación de la metafísica de las costumbres, la dignidad humana se convierte en un imperativo categórico, es decir, en un principio de la determinación de la voluntad que vale para todos, cuando plantea lo siguiente: “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio”.(Kant, 1974)
En este sentido la dignidad humana se configura como un fin en sí mismo, como el hecho no solo de merecer algo, tal como lo presenta la definición de la Real Academia de la lengua del término “digno”, sino como el estatus, las posibilidades intrínsecas de todo sujeto de derechos; estatus que se establece en el fundamento de la constitución política. Así, la restitución de la dignidad de las víctimas es un proceso que debe considerar el respeto integral de los derechos humanos y que solo puede ser planteado por medio de la reconstrucción del tejido social en el que se soporta la existencia de la víctima.
Tal como lo ha realizado la comisión nacional de reparación y reconciliación, al igual que otras entidades que se preocupan por el tema de la reparación, uno de los ejes fundamentales del proceso de reparación simbólica es efectivamente el trabajo con el símbolo, pero sobre todo con los significantes que estructuran las lógicas de vida comunitaria.
No es el hecho de elevar un busto a la memoria, no debe ser el objetivo construir un parque allí donde se encontraban las fosas comunes, sino pensar e identificar las estrategias que las comunidades tienen para repararse así mismas desde sus referentes simbólicos y potenciarlas .
2. Lo simbólico de la reparación
Este acto de identificación de los referentes simbólicos, requiere situar con mayor precisión las dimensiones de lo simbólico dentro de la reparación, para ello es necesario diferenciar lo emblemático de lo significante, puesto que son términos que se confunden dentro del concepto de lo simbólico.
El término “emblemático” proviene del lat. emblēma, y este del gr. ἔμβλημα, que significa adorno superpuesto; en cuanto al término “significante” se reconoce, desde el curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure, que es aquella parte del signo lingüístico que designa algo, es la huella acústica o representación mental que da cuenta de la función del signo lingüístico; este se hace efectivo en una estructura transubjetiva de representaciones que soportan una comunidad específica, es decir, es un elemento que se hace efectivo por medio del idioma de un pueblo.
Por ello es que los procesos de reparación simbólica deben apuntar más al reconocimiento e identificación de los significantes que determinan la estructura de representaciones de la comunidad afectada, que a la superposición de adornos, emblemas, en los espacios de reconstrucción de memoria.
La reparación simbólica debe apuntar a la identificación de los elementos que en la lengua de la comunidad, y más específicamente en sus modismos, no han sido reconocidos, pero como lo mencionábamos párrafos anteriores, a pesar de esto afectan a los individuos de la misma. Estos elementos que no han sido reconocidos ni siquiera por la misma comunidad la definen y la articulan como un pueblo, tal como lo dice Benveniste, citado por Francisco Pereña, en su texto formación discursiva, semántica y psicoanálisis: “La lengua no es solo el interprete de la sociedad, sino el contenido de la sociedad” (Pereña, 1998)
Graciela Guilis, en su texto Concepto de reparación simbólica, pone en discusión el concepto de “simbólico” en dos vías: por un lado propone que es simbólica en tanto en cuanto la reparación solo se produce como un desplazamiento desde el daño real hacia la administración de justicia, no es el objeto perdido el que se recupera, sino un representante de él, el que se ofrece en pro de la reparación. Por otro lado piensa este apelativo, como aquello que expone al sujeto a la significación subjetiva del objeto perdido, es decir, este tipo de reparación enfrenta a la víctima no solamente con el hecho de la pérdida, sino también con las diversas constelaciones psíquicas que a ella se ligaban:
Con ello queremos decir que el acto reparatorio abre un “trabajo de simbolización”, entendido como proceso, que en la medida en que es absolutamente íntimo y singular, no dependerá exclusivamente del accionar de la justicia, ni es determinado por ella. En la subjetividad, el símbolo (reparación) no mantiene con lo simbolizado (aquello que se ha perdido y cuya pérdida debe repararse), una relación unívoca y fija. La reparación simbólica, por el contrario, abre un proceso subjetivo, trabajo de simbolización y creación, que en la singularidad de la víctima remodelará al símbolo, la asignará un sentido, lo transformará (Dayeh, 2004). En ese sentido, la reparación simbólica es polisémica, y esta abierta a la significación -diversa en cada caso- que de ella haga la víctima que la recibe. (CELS, 2006)
Por ello la reparación simbólica tiene la posibilidad de restituir la condición del sujeto en la cual se encontraba antes del acto, como hemos dejado en claro no de manera material, sino permitiendo que el sujeto se enfrente a la pérdida, se permita el duelo y desde allí restituya la dinámica psíquica que ha sido alterada. Esto último solo puede lograrse como consecuencia de una posición ética que la víctima puede o no elegir. Es en este punto que los proceso de reparación simbólica colectiva que realiza el estado, encuentran su límite, el sujeto puede elegir repararse o no por medio de las herramientas que el estado debe proveerle.
En el contexto colombiano la impunidad frente a los actos de lesa humanidad, se ha presentado como una constante perversa de la aplicación de justicia en múltiples casos y en diferentes momentos de la historia del conflicto armado. En este sentido, y recogiendo lo antes dicho, el efecto de la impunidad tanto a nivel individual como colectivo, produce la descomposición del tejido social, en la medida en que rompe el velo fantasmático, necesario para el sostenimiento de una expectativa esperanzada frente al futuro. Este rompimiento del velo en las comunidades afectadas por la impunidad en nuestro país, ha producido un escepticismo frente a las garantías que el estado debe proveerles, entre ellas la dignidad y el respeto por la vida.
Este asunto marca de manera profunda la realidad social y política de nuestro entorno, y por lo tanto, debe ser un objetivo específico de la reparación simbólica la reconstrucción de esta trama fantasmática que se teje por medio de las representaciones psíquicas, en constante interlocución con las representaciones sociales que integran a una comunidad.
Frente a esta propuesta de reparación del velo, que estructura y protege la esperanza de una comunidad ante la no repetición de hechos violentos y le provee de sentido frente a las posibilidades de un futuro, Graciela Guilis cita un sentido y profundo apartado del filósofo y ensayista argentino, José Pablo Feinman, que escribe en relación a la construcción del monumento a las víctimas del terrorismo de estado, a orillas del río de la plata:
El monumento no se hace para decretar la muerte de nadie ni para congelar la lucha por la justicia, que es y será, siempre, la lucha por el castigo a los responsables del genocidio. Se hace para que todos sepan que nuestro pasado hiere nuestro presente. Que le quitaron la inocencia a nuestro río. Que lo pusieron al servicio de la muerte. Y que la única posibilidad de redimirlo, de incorporarlo otra vez a nuestra memoria verdadera, será penetrarlo y escribirle los nombres de los seres que se devoró, que le hicieron devorar y que, ahora, con nosotros, con esta democracia imperfecta pero empeñosa, se atreverá, por fin, a decir en voz alta. (Feinman, 1998)
Devolverles la inocencia a las comunidades, tal como lo expresa este bello apartado, devolverle la inocencia al rio, a la infancia, comulga con una necesidad fundamental de desculpavilizar a la víctima, que en ese proceso penoso y en ciertos momentos indigno y peligroso de hacerse reconocer, asume culpas que no le corresponde, frente a los actos que en algún momento la vulneraron.
El hecho de haber sobrevivido, o la sensación de no haber cuidado lo suficiente de sus seres queridos afectados por la violencia, son algunas de las autoincriminaciones que realizan las victimas frente a los hechos que las han vulnerado. ”La aceptación de la responsabilidad permite a la sociedad a través de sus leyes y mecanismos de justicia, culpabilizar legalmente para que la culpa no circule inconscientemente en todos sus miembros. (Equipo de Salud mental del CELS, 1998)
Por ello es importante reconocer que el solo hecho de la administración de justicia de modo eficaz, ofrece condiciones para la reparación simbólica, puesto que, tal como lo hemos señalado, permite que las víctimas dediquen su tiempo no a la lucha constante por los actos de justicia y en esa medida por el reconocimiento, sino en la reelaboración y restitución de las condiciones psíquicas en las que se encontraba antes del hecho traumático.
A modo de conclusiones:
La primera de las conclusiones que podemos aportar luego de este recorrido, es que de fondo, lo que ha sido afectado por los actos de violencia armada en nuestro país, ha sido la confianza de los ciudadanos y entre los ciudadanos. Es decir, ha sido afectada la confianza de cada uno de los individuos en sus potencialidades, en sus estrategias, en la capacidad de resolver los conflictos inherentes a la convivencia más allá de la fuerza, la agresión, la violencia; pero además de esto o mejor, por consecuencia de esto, las relaciones de vecindad, amistad, comadrazgo, compañerismo, que se tejen entre los ciudadanos, se visten de un halo de desconfianza hostil, que solo promueve su configuración sustentada en el interés monetario.
Por eso se deja escuchar, entre nuestras comunidades, el famoso adagio que reza: “amigo el ratón del queso”, es decir, solo se sustenta la amistad siempre y cuando se presente el interés o la necesidad de supervivencia, pero además sitúa de entrada la caducidad de este vínculo, puesto que en el momento en que la seguridad del “ratón” se vea vulnerada, “el queso”, su amigo, perderá la dignidad y hasta la vida.
La segunda conclusión que podemos extraer de esta discusión, es el hecho de que siempre que se piense en las posibilidades de la reparación simbólica, deberemos situar como primer término lo simbólico, y de esta manera, dedicar el tiempo que sea necesario a identificar los referentes simbólicos (significantes) que han estructurado la lógica de la comunidad afectada, para con ellos y desde ellos, comenzar a prestar las medidas de rehabilitación individual y/o colectiva.
Por último es importante resaltar un hecho que mantiene anquilosada la discusión acerca de la reparación en nuestro país. La situación en la que se propone tal discusión preserva la polarización victima-victimario, como un hecho connatural al conflicto armado, sin embargo, y considerando que la violencia es una construcción cultural que afecta a todos los actores que en ella se ven involucrados, es decir, tanto a la víctima como al victimario, deberemos, al menos para sostener una discusión seria y que apele a la razón antes que a los apasionamientos, superar dialógicamente esta polarización. Reparar simbólicamente, en este sentido, debe ser un acto que involucre a todos los individuos vecinos de un país que haya sido afectado por la violencia. Debe ser la responsabilidad de todos aquellos que consideran que el tejido de representaciones que los une debe ser mejorado, sofisticado y que requiere de un mantenimiento constante para prevenir la repetición de actos que se encuentran en contra de la dignidad humana. Por ello, reparar los símbolos que nos identifican como nación, requiere la construcción de nuevos mitos, de nuevos héroes, de nuevas formas de intercambio entre los ciudadanos que privilegie la honestidad, por encima de la “viveza”, que privilegie la amistad por encima de la servidumbre y/o patronazgo, que privilegie la educación y sofisticación de los modos de expresión, ante la chabacanería y despropósito en el uso de nuestra lengua. Es así que estos actos pueden y deben ser realizados desde los escenarios más íntimos del ciudadano, la pareja, la familia, hasta los espacios más públicos del ser social.
Con estas conclusiones no queremos dar la impresión de que este tema puede ser concluido, sino por el contrario, señalar la necesidad de un debate constante, serio y académico, con un fuerte baño de realidad social y comunitaria, frente a lo que implican los actos de reparación simbólica, y los alcances que estos puedan tener en la configuración de una nación más equitativa, diversa, responsable y sincera.
BIBLIOGRAFÍA:
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Kant, E. (1974). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. . México: Editora Nacional.
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Pereña, F. (1998). Formación discursiva, semántica y psicoanálisis. En J. M. Gutiérrez, Métodos y Técnicas de investigación en ciencias sociales (págs. 465-489). Madrid: Sintesis.
Rodríguez, A. B. (2007). Intervención psicosocial. Madrid, España: Pearson Educación S.A.
