I. Lenguaje, memoria y red digital
Rafael Si me permites hacer de nuevo el pasaje de lo individual a lo social: un efecto del psicoanálisis freudiano podría concebirse como el deseo de “otorgar todas las libertades al decir y al recordar”, como tú dices, en base a un nuevo medio. Ortega y Gasset indica en su ensayo “Misión del bibliotecario” (Ortega 1962; Rafael Capurro 2000) que generalmente se concibe la relación entre técnica y sociedad en el sentido que primero se inventa algo y luego se produce un efecto en la sociedad. Ortega piensa que la relación es inversa: es una necesidad social lo que provoca la búsqueda de una solución (técnica), solución que a su vez se torna en problema. Él lo explicita con relación a la imprenta, viéndola como algo que surge a partir de una necesidad de expresarse individualmente en el renacimiento y culmina varios siglos más tarde en la democracia. “La sociedad democrática”, escribe Ortega, “es hija del libro” (Ortega 1962, 66). Podríamos decir que es una sociedad que experimenta la necesidad de una forma especial de memoria la cual corresponde a una estructura política basada en un contrato escrito, la constitución, en leyes escritas que han de ser interpretadas para aplicarse, y en un sinnúmero de decisiones administrativas escritas, lo cual se vuelve a su vez un problema: la burocracia.
Los orígenes de la red digital que llamamos internet se encuentran en una necesidad social de comunicar todo a todos como la piensan los filósofos de la ilustración con su crítica a la censura concibiendo la utopía de una sociedad con una memoria abierta y accesible a todos, en la cual todos puedan decir todo y recordar todo. Esto se traduce luego, por ejemplo, en las libertades de la generación de 1968 como reacción a la contrautopía del fascismo donde nadie podía decir nada a nadie sin tener en cuenta que eso era un peligro mortal. El fascismo concibe la ‘sociedad del secreto’ desde arriba, con una jerarquía de poder basada en archivos y mensajes administrados por una policía secreta, la Gestapo (abreviación de “Geheime Staatspolizei” o policía secreta del estado). Pero también los fascismos de izquierda, el stalinismo por ejemplo, basan su poder en este esquema y liquidan a millones.
No es entonces por casualidad que una máquina que obedece órdenes ciegamente como es la computadora, se transforme paradójicamente en un medio social en el cual se proyecta un ideal de información generalizada, una ‘sociedad de la información’ como contra-dicción a una ‘sociedad del secreto’. Visto así, secreto e información son conceptos opuestos. Pero esta oposición es relativa, ya que hay informaciones en la sociedad de la información digital que quedan restringidas a un grupo. Todo secreto tiene una dimensión social. Nadie puede tener algo secreto concebido desde y para sí mismo. Aquí podríamos pensar en aplicar la crítica de Wittgenstein al “lenguaje privado”. En otras palabras, lo que en una sociedad se considera como información abierta a todos o como secreto, es decir, información relativa a un grupo y no accesible a todos, depende de un juego de poder e intereses. Y lo que en un momento historico era top secret se vuelve luego una información banal. La memoria y el recuerdo social están en transformación permanente tanto con respecto al acceso como a los contenidos. Un descubrimiento de Freud fue ver de que modo el mantener en movimiento este proceso produce una “cura” en caso de los bloqueos de recuerdos ‘secretos’ que se manifiestan sólo de forma indirecta, como metáforas y metonimias en el juego informacional del psicoanálisis.
Hablar de secreto e información es por tanto, como tú lo indicas, hablar de y desde el lenguaje como el horizonte en el que forman y transforman los diversos modelos individuales y sociales de memoria e información. Aquí entra el sustento de los significantes como preludio a lo que en la técnica de la red digital es el sustento de un traductor que permite que las distintas computadoras puedan intercambiar mensajes a pesar de hablar lenguajes diferentes. Pensemos en los comienzos del internet, la red ARPANET (”Advance Research Projects Agency Network”) creada en 1962 por encargo de la US Air Force y realizada por el Massachusetts Institute of Technology (MIT) y el US Department of Defence. De nuevo algo que mucho tiene que ver con información y secreto militares.
A nivel técnico este proceso de información computacional tiene desde sus orígnes en dos tipos de transformadores, un ‘compilador’ o traductor el cual es un programa que traduce un lenguaje de una computadora (el ‘código fuente’) a otro lenguaje de otra computadora (el ‘código objeto’) en lenguaje máquina. El otro es el lenguaje ‘ensamblador’ que es el traductor que puede ser leído más fácilmente por un programador humano. El primero está escrito en lenguaje binario de 0/1, el segundo en lenguaje semántico.
Lo que acontece cuando estamos en la red de los cuerpos digitales que llamamos computadoras es, por un lado, un proceso ‘maquinal’ o subsemántico entrecruzado con el lenguaje humano. Desde el punto de vista semántico, la red digital es una máquina gigantesca de repetición donde todo está en espera que alguien piense que lo que está ahi expuesto sea visto como algo relevante es decir como un mensaje en espera de un asentimiento. El sujeto que es así tocado por la información queda sujetado a ella cuando esta se vuelve mensaje y el usuario se vuelve su cómplice.
Podríamos concebir la relación entre los dos lenguajes, el del compilador y el del ensamblador, como la relación que se da entre el lenguaje del cerebro (humano) y el lenguaje consciente semántico. Como buenos cartesianos, tendemos a separarlos, pero fenómenos como los sueños, los actos fallidos, los chistes etc. que Freud descubre desde una perspectiva nueva, muestran que cuando hablamos despiertos o dormidos se entrecruzan (por lo menos) dos lenguajes con sus traductores: uno es el lenguaje de nuestro cerebro (tomado pars pro toto, ya que el cerebro es parte de todo un sistema orgánico) y el otro es el lenguaje semántico. La palabra del sujeto está siempre cortada o entrecruzada. El cerebro con sus millares de sinapsis traduce en su lenguaje lo que el habla conciente le dice y viceversa. Es claro que cuando el habla conciente o despierta entra en reposo, el cerebro puede comunicarle sus mensajes de otra forma. Pero todavía sabemos muy poco para comprender como trabaja el compilador cerebral. Ciertamente que lo hace en forma análoga y no digital aunque el modelo digital nos puede ser de mucha utilidad para traducirlo a un lenguaje que pueda ser a su vez procesado por una computadora, con todas las ventajas y desventajas de dicho procesamiento. Tanto la enfermedad de Alzheimer como los diversos casos de lesiones cerebrales muestran hasta que punto el lenguaje cerebral condiciona al lenguaje consciente. En el párrafo final de la clase XVIII de la “Introducción al psicoanálisis” escribe Freud:
„Die dritte und empfindlichste Kränkung aber soll die menschliche Größensucht durch die heute psychologische Forschung erfahren, welche dem Ich nachweisen will, daß es nicht einmal Herr im eigenen Hause, sondern auf kärgliche Nachrichten angewiesen bleibt, von dem, was unbewußt in seinem Seelenleben vorgeht. (Freud 1989, p. 284)
(”Pero la tercera y más dolorosa humillación va a sufrir la megalomanía humana a raíz de la investigación psicológica actual, la cual quiere demostrarle al yo que él no es ni siquiera soberano en su propia casa, sino que depende de escasos mensajes sobre lo que sucede inconscientemente en su vida espiritual.” (Traducción Rafael Capurro)
Son justamente esos “escasos mensajes” (”klägliche Nachrichten”) los que pasan del compilador cerebral al ensamblador semántico, dormido o despierto. Por cierto que en este complejo sistema de traducciones todo queda abierto a ‘traiciones’ puesto que lo que es expresado en un lenguaje sólo puede ser referido en el otro con un código diverso. Pero siendo así como ambos sistemas son sistemas del sujeto, hay siempre algo que les es común. Lo que le duele al sujeto y es censurado queda enganchando en diversos códigos, con distintos sistemas de secreto y memoria. En el plano social los sistemas criptográficos son un intento ensamblador de traducir significados informacionales en significantes secretos. Visto así podríamos definir el fenómeno del secreto como el pasaje de un significado expresado en un lenguaje genéricamente accesible o accesible a un género en su modo específico de hablar, a un lenguaje de otro género utilizando para ello un traductor. La red digital ofrece por un lado la posibilidad de poner a disposición de forma infinita todos los significados posibles, pero lo hace sirviéndose de un significante que es parte de otro género, la computadora. Esto hace posible desde el inicio mismo de la sociedad de la información la creación de una memoria accesible solamente a quienes puedan comprender su lenguaje secreto. Creo que esto no es propio de la sociedad de la información actual, sino que caracteriza a toda sociedad humana en tanto en cuanto su habla es desde su propio origen biológico un lenguaje mixto, al que los hablantes están sujetos en el momento mismo en que se conciben como sujetos hablantes y capaces de informar pero también de guardar un secreto.
Raquel Has llevado el tema a aspectos muy interesantes que me plantean el problema de si no le estarías dando una compatibilidad demasiado extensa a lo que sucede en distintos registros que tu llamas “de lenguaje”. El asunto de los niveles de lenguajes de la computadora o del funcionamiento cerebral tiene algo en común con la vieja pregunta sobre el lenguaje animal. ¿Hablan, recuerdan? Sí y no. Sí, hay sistemas de signos, a nivel de la máquina y del animal. No obstante son lenguajes que existen fuera de la polivalencia simbólica que se revela en la poética, a la que podríamos considerar como dimensión específica del humano.
Esto nos lleva a prestar particular atención a este su modo de jugar con la polifonía de los sonidos con los que cifra el real y lo convierte, al decirlo, en acontecimiento y/o recuerdo, pero también en fijación virtualmente móvil. Cuando la fijación queda rígida, y constituye un signo, como aquellos cifrados en mensajes codificados, de máquinas, (como en el semáforo) o de animales (condicionamientos conductuales) y/o de estructuras celulares o genéticas estamos en un sector de preguntas que son diferentes a las que se plantean si no olvidamos la poética del lenguaje. Esta aparece a veces como irrupción loca cuando alguien por ejemplo, le atribuye sentidos incompartibles a los cambios de luces de un semáforo. Ya sea con fines científicos, bélicos - o, a nivel individual, sintomáticos - estamos ante una situación peculiar que plantea su descifrado y su integración o no, al fluir polivalente del decir. Por eso me parece que el concepto mismo de traducción ha de ser considerado más de cerca ya que tal como tu lo usas implica operaciones diversas: de cifrado, de descifrado, pasaje de sistemas de escritura a otros, transcripciones de sonido y por último, pasajes de sentido de una lengua a otra, a lo que propriamente se ha llamado traducción. La rememoración juega con todas estas posibilidades, como lo da a leer la obra de Proust, por ejemplo. Las fallas en el sistema neuronal traen consecuencias para el hablante, pero hay allí una discontinuidad a señalar, así como hay una discontinuidad, un hiato entre lo que ocurre y las versiones que se fabrican sobre ello. Lacan, en 1964, señalaba que no toda la vida pulsional nos es asequible a nosotros mismos, sólo aquello que de la sexualidad pasa “por los desfiladeros del significante”. En esa línea la experiencia analítica indica que “todo” no puede decirse y que ese límite es distinto al de la censura o el secreto, pues es un límite de nuestra con-formación misma. Por eso concuerdo en que “una necesidad social de comunicar todo a todos” como la piensan los filósofos de la ilustración con su crítica a la censura sitúa la utopía de una sociedad con una memoria abierta y accesible a todos, en la cual todos puedan decir todo y recordar todo.
De modo más amplio en este nivel se plantea el problema mismo del historiador así como el del testigo. En estos días me encontré con la creación en Uruguay de un “museo de la memoria” que, como sucede con muchos otros creados en el mundo, busca preservar del olvido acontecimientos que han sido traumáticos para una generación. ¿Cómo se sitúa la nueva generación ante aquello que recibe a modo de legado? Toda una cuestión.
También en esta semana leí un artículo acerca de una novela testimonial, Oblivion, que ha sido premiada por Casa de las Américas y que fue escrita por una uruguaya, Edda Fabbri, presa durante la dictadura militar desde 1971 a 1985. Entrevistada a raíz del premio, dice lo siguiente:
“Siento que este premio que recibo con orgullo y con agradecimiento, me pone en una situación especialmente incómoda. Debo de contestar, o eso se espera de mí, como una escritora y también como una agonista. En tanto sujeto de la historia de mi país, que es también la de este continente nuestro, soy sólo una entre muchísimos. En ese sentido podría contar lo que muchos han contado ya (…) Hoy mis respuestas no son las mismas que dí dos décadas atrás, cuando los presos políticos de Uruguay fuimos liberados al fin de la dictadura. Mi respuesta es hoy “Oblivion”, es mi obra. Puedo decir que cada una de las palabras que escribí encierra una verdad, que no mentí. Puedo decir también, y quiero fuertemente creer, que este libro no es fiel reflejo de la realidad, que es invención. No es olvido, es trabajo. No lo dictó mi memoria, lo construyó. Si logré transformar algo de aquel sustrato - y estoy hablando de historia, de carne y sangre, de gente - en escrituras, tristes piedras, gloriosas, para mi pobre alquimia, otros lo dirán.” (entrevista publicada en “Brecha”, 2-02-07, Montevideo)
Aquí Edda Fabbri abre cuestiones insoslayables en lo que respecto a la memoria, y es la relación a la verdad, o mejor dicho al “decir verdadero”, como lo plantean Michel Foucault y Lacan. Una verdad que el sujeto construye con algo que vivió. No es un reflejo, ni es todo. Como la mano no atrapa el agua del río que fluye aunque esté inmersa en ella. Lacan ha señalado está estructura de anillo, topológicamente llamada toro, como propia del decir humano, siempre con un vacío central, la de aquello que “no cesa de no escribirse”, decía. La muerte, el goce, la angustia. Sólo algunas huellas indican la dirección de experiencias que escapan al cifrado y de las que sin embargo no cesamos de hablar.
Volver al Menú de este especial.
