La “idea de progreso” en la era de la dicotomía civilizado-primitivo.
“América se ha revelado siempre y sigue revelándose impotente en lo físico como en lo espiritual [...] Estos pueblos de débil cultura perecen cuando entran en contacto con pueblos de cultura superior y más intensa. Los americanos viven como niños, que se limitan a existir, lejos de todo lo que signifique pensamientos y fines elevados”
“La colonización es una de las más nobles funciones de las sociedades que lograron un estado avanzado de civilización”
“Nosotros debemos encontrar nuevas tierras de las cuales podremos obtener materia-prima, al mismo tiempo que podremos explotar la mano-de-obra esclava de los nativos de las colonias, que serán un lugar para los excedentes de los bienes producidos en nuestras fábricas”
“[El objetivo de una potencia colonial debe ser] desincentivar anticipadamente cualquier señal de desarrollo industrial en nuestras colonias, para obligar a nuestras posesiones extranjeras a mirar con exclusividad al país central en búsqueda de productos manufacturados y a llenar, por la fuerza si fuera necesario, sus funciones naturales, que es la de un mercado reservado para la industria del país central”
A partir de 1492, el discurso de una Europa superior a las demás regiones del mundo incluye la “idea de progreso” como sinónimo de colonización. Para justificar las desigualdades, violencias e injusticias constitutivas del colonialismo, el ‘poderoso generoso’ definió el verbo colonizar como sinónimo del verbo civilizar. Pero este fue el discurso público de la conveniencia. En su discurso oculto, los imperios tenían claro que África, Asia y América no pasaban de lugares a ser poseídos para la explotación inescrupulosa de mercados cautivos, materia prima abundante, mano de obra barata, mentes dóciles y cuerpos disciplinados. Por eso, la “idea de progreso” se consolida bajo una racionalidad evolucionista, que implica la existencia de un camino natural hacia la perfección.
En La Metafísica Aristóteles definió a la ciencia como la teoría de la naturaleza, como sinónimo de crecimiento en el sentido evolucionista de la teoría del ciclo de vida, que aplica a la sociedad la lógica biológica: en la realidad todo nace, crece, decae y muere. En La Ciudad de Dios, San Agustín reconcilió la filosofía de la historia con la teología Cristiana, reflejando el “ciclo de vida” en la historia de la humanidad. En su idea de la salvación como un plan de Dios, el mundo fue creado, había crecido y había progresado, pero estaba decayendo y llegaría a su final. A finales del siglo XVIII, Condorcet dividió la historia en diez fases, la última de las cuales permitiría la abolición de la desigualdad entre las naciones, el progreso y la igualdad dentro de cada nación y la real perfección de la humanidad. Nacía en el corazón de occidente la idea que el progreso de las sociedades, del conocimiento y de la riqueza responde a un principio natural con su fuente independiente de dinamismo. Dios ha muerto. El hombre lo reemplaza. Reina la razón occidental.
En La Riqueza de las Naciones, de Adam Smith, el progreso de la opulencia es presentado como el ‘orden natural’ de las cosas, impuesto por una necesidad derivada de la inclinación natural del hombre. La economía emerge como sinónimo de progreso, y la “mano invisible” del mercado es una ley natural: las leyes universales de la naturaleza son trasladadas a la economía. El orden de las cosas-progreso, crecimiento económico-no puede parar. El progreso no es una opción sino una finalidad-y fatalidad-de la historia. A partir de 1492, para promover el “progreso” de los pueblos del Nuevo Mundo, del mundo del Otro inferior, España y Portugal hicieron una alianza estratégica con la Iglesia católica romana. La destrucción del imaginario de un pueblo no se hace por decreto, por la fuerza. Por eso, el “imperio de la cruz” fue invitado (corrompido) para unirse al “imperio de la espada” para construir el discurso colonial, que prometió no solamente “civilizar” a los primitivos sino también “salvar” a sus almas. Hacía falta el progreso material, tecnológico y espiritual de los salvajes. El más osado esfuerzo de corrupción para viabilizar dicha estrategia fue cambiar el apellido del español Rodrigo Borja para el apellido italiano “Borgia”. Esto lo transformó en el Papa Alejandro VI, que dividió América entre los imperios español y portugués:
“La llegada a América fue…casual; creyeron haber llegado a la India, y al ver que podían entrar en conflicto con los portugueses, al darse cuenta de que allí había habitantes en enormes cantidades, que les podían servir de mano de obra, al descubrir que había riqueza, que tenían que justificar la toma de todas esas cosas, solicitaron del Papa Alejandro VI escribir bulas en las que decía: como él era el dueño del mundo, como representante de Dios en la Tierra, se las daba [tierras del Nuevo Mundo] a los españoles y portugueses. Y así camuflaron esta dádiva con el pretexto de que daba esas tierras con sus habitantes, para que los…españoles y portugueses cristianizaran o evangelizaran, causando el mayor genocidio que había visto la humanidad” (Proaño 2000:65).
Por lo tanto, la alianza entre la Iglesia católica y los imperios Español y Portugués fue constitutiva de la institucionalización internacional de la desigualdad, tanto para civilizar a los primitivos como para salvar a sus almas, en nombre del “progreso” y de Dios. Para ser “civilizado”, hay que ser, sentir, pensar, hacer y hablar como Ellos. Si hay sociedades perfectas, a los primitivos resta seguir en el presente el camino construido por Ellos en el pasado. Para ser como Ellos, un pueblo debe reemplazar su imaginario por el del superior (Blaut 1993; Fanón 2003), y seguir sus órdenes y adoptar sus modelos. Sin embargo, para transformar los inferiores en superiores, el problema del colonizador pasa a ser la ignorancia de los primitivos, razón por la cual no les queda más que “imponerles” la civilización, o corromperles para hacerlos civilizados agradecidos. Sin embargo, como la “agenda oculta” era la acumulación de riqueza y poder, la corrupción fue una de las estrategias más usadas durante el colonialismo imperial. Entre las técnicas coloniales usadas para implementar e institucionalizar la dicotomía civilizado-primitivo, se destacan:
• Elites locales. Para crear acceso fácil/inescrupuloso a mercados cautivos, materia prima abundante, mano de obra barata, mentes dóciles y cuerpos disciplinados, se establecen elites locales occidentalizadas, generosamente beneficiadas con el saqueo de las riquezas nacionales, para que sus intereses coincidieran con los intereses del dominador.
• Deudas externas eternas. Para crear elites dependientes, obedientes y disciplinadas se establecen deudas externas de tal forma que estas se transformen en deudas eternas, instituyendo relaciones asimétricas de poder en procesos desiguales de negociación en el ámbito internacional. Eso pasó con Túnez y Egipto en la mitad de 1800.
• Ejércitos comprometidos. Como la colonización no beneficia a la mayoría invadida, se establecen ejércitos para proteger las elites ante el potencial de revuelta de sociedades indignadas con la hipocresía, desigualdad, violencia e injusticia, productos inevitables de la implementación desigual de la ambigua “idea de progreso/desarrollo”.
• Educación domesticada. Se establece la educación domesticada y domesticadora a partir de la pedagogía de la respuesta para formar inocentes útiles: los seguidores de caminos ya existentes. En la escuela se memorizan las respuestas del superior, y se “naturaliza” la dicotomía superior-inferior. Hasta el Vaticano “naturalizó” tal dicotomía cuando afirmó: “unos nacen favorecidos y otros desfavorecidos” (palabras del Papa León XIII en la Rerum Novarum, publicada el 15 de Mayo de 1891, en defensa del capitalismo emergente y contra el mensaje del Manifiesto Comunista de 1848).
• Comunicación dominada. La mejor contraparte de una educación domesticada es la comunicación dominada, concebida para entorpecer y alienar consciencias. El sistema de comunicación dominante controla lo máximo posible la información que las sociedades subalternas deben acceder, principalmente la interpretación que se dan a “los hechos” que son noticia internacional y nacional (como lo hacen hoy CNN en Español en América Latina y la Rede Globo en Brasil).
• Destrucción de la economía local. En una colonia, se debe destruir su autonomía económica. En Vietnam fue la sal, el opio y el alcohol; en la India fue su industria textil; en Paraguay fue su capacidad industrial naciente; en Sudan fue cobrado un altísimo impuesto sobre sus cultivos alimentarios y sus animales domésticos.
Muchas de estas prácticas son cultivadas hoy, con otros nombres y bajo otras estrategias. En muchos países, existen elites dependientes de deudas externas y protegidas por ejércitos cuyos enemigos no son externos sino su sociedad, como quedó claro durante las dictaduras militares de la región. Los estudios realizados desde las “ciencias coloniales” corresponden hoy a los “estudios de desarrollo”. La calidad total es aplicada a la educación para que ésta reproduzca mejor la dicotomía superior-inferior en la formación de inocentes útiles: los expertos en desarrollo. Las invasiones militares incluyen la destrucción/control de la infraestructura crítica para el desempeño de la economía de la sociedad invadida. El Banco Mundial privilegia en los trópicos la producción de commodities de exportación para países de clima templado. El Sur exporta sus granos para alimentar animales en el Norte, porque la agricultura comercial del circuito global no alimenta donde hay hambre sino hace dinero donde hay opulencia. Esta agricultura es practicada donde hay materia prima abundante, mano de obra barata, mentes obedientes y cuerpos disciplinados, para ser vendida en, por ejemplo, Europa donde una vaca gana USD 3 de subsidios diarios.
En síntesis, la civilización moderna se auto-comprende como más desarrollada; su superioridad le asigna el imperativo moral de civilizar a los primitivos; el modelo del progreso es el mismo camino seguido por Europa occidental; la violencia contra el bárbaro que se opone a la civilización es justificable; la salvación a través de la modernidad crea sus víctimas (los indios, el esclavo, la mujer, la naturaleza); el bárbaro es culpable cuando se opone al proyecto civilizatorio, lo que justifica la inocencia de la iniciativa modernizadora; y el ego conquiro (Yo conquisto) es un derecho del superior cuya noble misión es extender su civilización-progreso-a tierras ocupadas por los inferiores (Dussel 1992; Quijano 2001, 2005). El progreso es un mito (Dupas 2006).
Dicho proyecto civilizatorio fue viabilizado por el Estado moderno (Quijano 2000) y por la ciencia moderna (Lander 2000a, 2000b). La “idea de progreso” naturalizó la dicotomía superior-inferior y banalizó la hipocresía, violencia, desigualdad e injusticia que le son constitutivas. La creación del Estado moderno en el mundo tropical incorporó la corrupción como estrategia imprescindible para que éste cumpliera su tarea de reproducir la dicotomía civilizados-primitivos, con el apoyo de la lógica evolucionista de la “idea de progreso”. La ciencia moderna fue incorporada en dicha estrategia para establecer una geopolítica del conocimiento que “naturalizaba” ciertas relaciones CTSI cuya lógica implicaba la existencia de “conocimiento” creado siempre en ciertos idiomas, siempre por ciertos actores y siempre desde ciertos lugares, que nunca coincidía con los idiomas, los actores ni los lugares de las sociedades subalternas (Goonatilake 1982, 1984; Mignolo 2000).
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Esto explica que debemos iniciar una verdadera revolucion del intelecto.